sábado, 22 de septiembre de 2012

Intercambio


Los movimientos suaves de sus manos trazaban sombras entre los áureos resplandores de la mañana. Las doradas partículas de polvo se filtraban entre los dedos de la mujer cuando estaban demasiado cerca de ser atrapadas, como en un etéreo juego del que ella no era consciente mientras untaba la mantequilla sobra la crujiente superficie de la rebanada de pan tostado o vertía el zumo de naranja en el colador sobre el vaso con el dibujo estampado de alguna serie infantil.
Elliot la miraba apoyado contra el marco de la puerta. Tanteaba la madera como si buscase reconocer en ella los nudos que estaba acostumbrado a sentir, a ver cada mañana de su vida desde que podía recordarlos.
No, no estaba en ninguna otra casa. Aquel era su hogar, aquel lugar que tenía ante él, su cocina. Pero estaba totalmente seguro de que la mujer que estaba ante él, preparándole diligentemente el desayuno, no era su madre.
Era difícil decirlo. Tenía su mismo rostro redondo y pálido. Esa sonrisa inclinada. Entre sus labios se moldeaba la misma melodía, de los Beatles, que brotaba al fresco aire matutino de la cocina que empezaba a templarse con el olor del pan y el azúcar.
Pero esos ojos castaños no eran los suyos. Eran de la misma forma, el mismo color. Sin embargo, cuando se posaron en él, no pudo encontrar el mismo el mismo cariño que afloraba en esos momentos de comprensión sin palabras entre la madre y su hijo.
No, aquello no era su madre.
Se movió por la cocina lentamente, como en un sueño.
-Buenos días, Elliot.
El niño se sentó en la mesa de la cocina, confuso, mientras miraba a esa completa desconocida, esa caricatura de su madre, traerle el vaso de zumo y las tostadas. La miró detenidamente, esperando algo que ni el mismo podía definir con exactitud. Por un momento, el silencio de la mañana lo abarcó todo.
-¿Y los cereales?
Preguntó el niño, sin hacer el menor movimiento. Ni el menor ademán de tener intención de empezar a comer.
-Claro, un momento.
La mujer que no era su madre se volvió hasta la alacena y, colocándose de puntillas frente a ella, dudó un instante antes de coger uno de los tres paquetes y colocarlo sobre la mesa.
-Esos son los cereales de papá. Los míos son los de la izquierda.
Dijo Elliot, mintiendo. La mujer rió levemente, como si tratase de quitarle importancia, de disimular su error.
-Perdona, no sé qué me pasa esta mañana.
Volvió a la alacena para coger el paquete equivocado y lo colocó junto junto al vaso de zumo, a la vez que retrocedía para sacar un bol y el cartón de leche de la nevera. 
“¿Quién eres?”
Quiso preguntarle. Guardó silencio, no obstante. En ese mismo instante entró su padre en la cocina, venteando el aroma de la comida y el propio amanecer, como si el olor de la luz del sol fuera algo físico.
-Buenos días.
Proclamó mientras se inclinaba para dejar la leve impresión de un beso sobre la mejilla de la mujer que no era su esposa. Que no era nadie que Elliot alguna vez hubiese querido. El niño cogió el vaso, con fuerza, temiendo tirarlo en cualquier momento, mientras seguí contemplando en detalle el cuadro que se presentaba ante él.
“Quién eres”
Su padre no pareció notar nada, mientras también sacaba un tazón del armario.
-Voy a llegar tarde otra vez.
Proclamó el hombre, mirando su reloj de pulsera. Elliot quería gritarle, girarle el rostro y preguntarle si de verdad no lo veía. Si no se estaba dando cuenta.
Esperó en vano hasta que el hombre apuró una taza de café y salió del habitáculo para bajar él mismo de la silla. Temblaba.
-¿No vas a comer nada?
Preguntó la mujer que no era su madre. Había cierto tono de reproche en su voz. Su madre no le hubiese preguntado eso en ese momento. El niño se mostró reticente a responder.
-¿Ni siquiera los cereales?
Dijo, casi esperanzada. Elliot quiso suspirar hondamente. Había esperado de alguna manera el haber podido romper aquella sensación de extrañeza. Esa rara certeza que había echado raíces cada vez más profundas en su pensamiento.
-La única persona de esta casa a la que le gustan los cereales…-Comenzó, sin estar seguro de si debía decirlo o no.- es a ti.

Acto seguido dio media vuelta, sumergiéndose en la penumbra del pasillo acompañado de las doradas partículas de falso oro, como polvo de hadas, con una tranquilidad que no concordaba a cómo se sentía.

4 comentarios:

Semi_Lau dijo...

Jos, qué mal rollete, ser un crío y encontrarte con alguien haciéndose pasar por tu madre :S
Muy bonita la descripción del polvo de hada alrededor de la "mujer" :o

Misery dijo...

Bueno, Elliot después no las tiene todas consigo, porque antes ya ha tenido problemillas con su percepción de la realidad... sin embaaargo... creérselo se lo cree. Y quién sabe. Igual tiene razón y todo :P

Ains, que bien me lo voy a pasar con Changeling con tanto niño a la aventura <3

Carlos Javier Eguren Hernández dijo...

Está muy bien, es muy ágil y es un arranque bastante bueno, mezclando la realidad con un poco de lo más fantástico. Me ha recordado un poco al espíritu de Coraline =)

Si tengo que decir algo que no me gusta, es el uso de las subordinadas, pero eso es una manía absoluta y completamente mía después de acostumbrarme a escribir sin ellas por el tema del periodismo.

De resto, insisto, la trama parece prometedora por este arranque y por lo que has hablado en otros post sobre esta historia.

Sigue con ella y no dejes de soñar y crear.

Misery dijo...

Oh, Coraline me lo leí hace poco en inglés aunque ya había visto la peli (con lo cual, tampoco me sorprendí mucho, pero la narración de Neil Gaiman siempre es preciosa <3)

Sí, el uso de las subordinadas me parece que es un rasgo que se me ha pegado irremediablemente xD (me veo escribiendo un "El jinete polaco" mal hecho cualquier día...) y que uso MUCHO. Muchas profesoras me han dicho que para escribir ensayos debería echar vistazos a los artículos periodísticos para aprender, pero... u_u me parece que yo tiro más para Muñóz Molina sin ser Muñóz Molina...