lunes, 3 de octubre de 2011

Lirios bajo las escaleras


Aún tengo que corregirlo (coff coffypasarlaalingléscoff coff) y tengo la clase a las 2 (una hora más en España) Voy a morir :D

Es mi ejercicio para la clase de scripwriting, a través de una foto, inventar un personaje y darle historia.



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Observó el clavo que sobresalía de la madera en la baranda de las escaleras del sótano con toda su concentración, como si aquel pedazo de metal fuese lo único que mantenía su mente separada del resto de la habitación. De todas las dudas, los miedos, todo aquello que amenazaba cada vez más con cernirse sobre su conciencia. Y el sueño. O, el sueño era terrible, pero se veía incapaz de dormir. En aquel instante sólo existían ella, aquel clavo y las escaleras, y no podía concebir la idea de levantarse y hacer alguna otra cosa que no fuese estar allí abrazada a sus rodillas mirando ese clavo mal puesto que seguramente había clavado Frank hacía tres veranos, cuando trabajaba en aquel sótano, tratando de hacerlo habitable.

Pero tampoco quería pensar en él. Trató de atajar ese pensamiento sin éxito, y este se coló en su conciencia, haciéndola dejar su ensimismamiento, levantando al fin la mirada e incorporándose no sin cierta dificultad. No obstante, al bajar, como un mal presagio, la larga camisa de franela roja que llevaba, una de las camisas de Frank, se enganchó en él y trazó un sanguinolento surco, no demasiado profundo, pero sí largo y rojo. La muchacha se llevó rápidamente la mano a él y remangó el jirón de tela para comprobar cómo el surco se iba tornando cada vez de un carmesí más oscuro, molesta.

Estaba terriblemente cansada, y no pudo evitar que los ojos se le llenasen de lágrimas con aquello, la gota detonante de todo el dolor que había estado guardándose en el sótano, bajando aquellas escaleras desde hacía días.

Frank nunca había sido un hombre bueno, pensó, o más bien, masculló en el silencio claustral de su mente, mientras bajaba por las escaleras hasta el martillo. Tenía que sacar ese clavo. Se había convertido súbitamente en una urgencia de primer orden para ella, como un virulento impulso. Sabía que quizás, el clavo que debía de sacar en ese instante era otro.

Las luces allá abajo, en la noche, no eran más que las que arrojaba la solitaria bombilla, desnuda, pendiendo de su lastimoso cable, con las ventanas tapadas con papel de periódico para no dejar pasar la luz del sol en el día. Protegiéndole.

No era más que un sótano normal. Las cajas de cartón, humedecidas por las filtraciones y mohosas, el olor a polvo y oscuridad condensada, el pesado aire viciado, el banco de herramientas desordenado y las telarañas. Los rincones oscuros que nunca llegaban a iluminarse del todo. Idóneo para asustar a los niños, si alguna vez los hubiesen tenido. A Frank nunca le habían gustado.

Todos sus pensamientos desembocaban en él, una y otras vez. Volvió al clavo y su necesidad de extraerlo de la madera. De extraer a Frank de su cabeza, de su carne.

¿Cuándo había empezado? ¿Por qué no se había dado cuenta de que los límites de su mundo se estrechaban y ya no veía más allá de esa casa? Los amigos se desvanecían, los lugares que frecuentaba pasaban a ser el negativo de una foto guardada en un cajón, grises, de otro tiempo, sin color ¿había sido feliz así?

Avanzó con paso seguro hasta el último escalón, y entonces titubeó, al escucharle respirar con fuerza, como en un lamento. Se encogió de nuevo, como una niña, en su enorme camisa de franela roja a cuadros y sus anchos pantalones vaqueros. Recordó.

Recordó que una vez había encontrado una planta bajo las escaleras, una de estas plantas pequeñas que vendían en los supermercados en una macetita de plástico anaranjado, decoradas con un lazo, y ella la había comprado, seducida por la idea de verla florecer en la ventana, bajo la cálida luz primaveral. Y sin embargo, no supo cómo, se olvidó por completo de ella cuando un parásito invadió sus hojas y pidió a su marido que le echase un vistazo. Seguramente, incapaz de remediar el mal de esta, la dejó en el sótano, en un lugar donde ella no pudiese verla.

Recordó a la muchacha del pasado, a la sombra de una Lily de un par de años menos, agachándose para mirar bajo el hueco de las escaleras junto a las que ahora pasaba, tan nítidamente, que casi tuvo la impresión de estar viéndose la expresión de desconcierto en el rostro a ver de qué se trataba. La planta no se había muerto. Debía de llevar allá abajo semanas, pero seguía viva. En un estado lamentable, y sin embargo, no marchita del todo.

La llevó al gran ventanal que tenía en el salón, entre las cortinas blancas, suavemente acariciada por el encaje que culminaba el borde de éstas, con abundante luz del sol y la cantidad de agua justa para que se recuperase.

Y la planta se murió.

Había estad tanto tiempo a la sombra de las escaleras, bajo el polvo, en la soledad de su prisión, que Lily no pudo evitar pensar que la libertad terminó matándola, incapaz de reintegrarse a una vida sana y normal.

“¿Me va a pasar eso a mí?”

Se preguntó, con la voz entrecortada de su mente, carente de aliento, y aún así, también de valor.

Se acercó a la silla que había en mitad de habitación, donde Frank descansaba, aunque quizás, decir que descansaba era muy clemente por su parte. La contemplaba con una mirada clara, turbia, que sólo había conocido en sus peores momentos. Por la pechera de su camiseta blanca, una mancha morroñosa y oscura le teñía la tela, cayendo en cascada por una costra seca en sus labios y mejillas. Lily se agachó, recogiendo el martillo a sus pies, observando la cuña de la parte trasera de ése aún ensangrentada. Hacía tres noches que la situación se prolongaba y ella apenas había podido dormir, cuando sintió el cuerpo pesado y frío de su marido sobre el de ella, como una bota de cuero hinchada y repulsiva. Sintió nauseas del olor que le llegó, a alcohol, pero también a sangre caliente y metálica manando de entre su boca, como un augurio de muerte. No podría repetir lo que le hizo en aquel entonces ni habiéndoselo propuesto, desde luego. Había conseguido saltar de la cama una velocidad considerable, sorprendiendo a Frank en la falta de aturdimiento que se supone, debía de invadirla, como siempre. Siempre había sido mansa, aún sin entenderlo, sin darse cuenta. Las órdenes se habían disfrazado de consejos. Nunca había habido el menor signo de violencia en él, sólo insinuaciones de consecuencias. No se había dado cuenta del miedo que le tenía hasta que esa mañana supo leer en sus ojos nublados que esa vez sí que tenía una intención verdadera de hacerle daño. Tanto si ella accedía a sus deseos, como si no.

Había huido atropelladamente, y no hubiese llegado muy lejos si no se hubiese aferrado al tirador de la persiana, para al menos, tener la ventaja de ver con claridad los movimientos de su marido en la penumbra del dormitorio.

Recordaba los susurros, aduladores y amenazantes a una misma vez… antes de que se tornasen gritos.

La Lily del sótano pasó el martillo de una mano a otra, ojerosa. Su pelo claro, anaranjado, le enmarcaba las facciones redondas, pálidas y ojerosas. El peso del martillo, pegajoso aún, le hacía sentir segura frente a un Frank atado que, ciertamente, también había visto momentos mejores.

Su mujer, el cordero que siempre aguardaba en casa, que bebía sus palabras con avidez, que había destruido su mundo a favor de una consentida esclavitud, que había ofrendado su vida a cambio de la falsa sensación de un amor incorruptible, estaba frente a él, demacrada, pero con una fría determinación en los ojos, mientras sentía el tacto del martillo entre sus dedos, abstraída en el hilo de sus pensamientos.

-Lily, sabes que te quiero… suéltame, cariño…- pausa.- jamás te haría daño.

Masculló, entre las brumas pastosas de su boca. Veía las costras de sangre pegadas a sus labios resquebrajarse y caer.

-Te quiero.

Repitió, arrullador, persuasivo, suave como la noche. Ella se sintió tentada de hacerle caso, de llorar desconsolada y soltar los fuertes nudos que lo mantenían atado a aquella silla ¿Qué pasaría si decidía quedarse bajo las escaleras? ¿Y sí intentaba salir de allí, lejos de él, que había sido todo sobre lo que su mundo giraba, y se moría?

Le acercó el brazo ensangrentado a la boca y vio como un par de gotas caían en la oscura apertura, esa grieta tenebrosa que eran sus labios que tantas veces le habían reprendido, besado y asustado. De los que llevaba pendiente tanto tiempo, y ahora eran tan monstruosos.

Los vio entreabrirse, buscando la herida, ansiosos. Las patas de la silla de tambalearon amenazadoramente, pues el hombre que tenía allí cautivo se estremecía de hambre y buscaba a tientas, grotescamente, la herida. Más.

Él era quien había puesto la planta bajo las escaleras, sin importarle si podía o no vivir allí, ni las condiciones de esa vida. Recordó que le había dicho que nunca le haría daño, pero ahora le veía otra vez beber de su sangre, como siempre había hecho, de una manera quizás menos directa. Sorber la vida de ella, que se la ofrecía. Contempló el resto de pequeñas cicatrices que se extendían por su brazo derecho, pequeños cortes de aquellos días con los que lo había alimentado, su monstruo personal, escondido donde la luz del sol, donde nadie podría encontrarlo nunca. Pero aquello se tenía que acabar, porque no podía ignorar más tiempo lo enfermiza que había sido su relación, incluso antes de esa noche hacía tres días en la que él llegó hasta la cama con la muerte prendida en su mirada y su ser.

Vampírica, siempre.

Observó la boca de él moverse como la de un recién nacido sobre el corte del clavo. Nunca la había dejado tener un hijo tampoco, recordó. El rencor que se había guardado subía de nuevo por su espina dorsal como un escalofría, rápido y fugaz, violento.

Aquella noche… en la que él regresó cambiado… Cuando ella saltó de la cama, decidida a huir, y descorrió la cortina, sintiendo una punzada desgarrada en el brazo, donde él la había mordido…

La piel de él empezó a cubrirse de ampollas, como fundiéndose. El olor a quemado en la habitación, insoportable…

Había prendido como una tea ardiendo y había huido por la casa, medio iluminada del cerniente amanecer, hasta el sótano, donde por pocas rendijas la luz podía colarse. Y una vez allí, exhausto, inconsciente, quemado, lo había encontrado Lily.

Lo había contemplado, asustada, aterrada por el hecho de que quizás estaba muerto… pero también, sientiéndose culpable por el inmenso alivio que esto parecía proporcionarle secretamente. Lo limpio, le vendó, lo ató y esperó al anochecer, tapando con papel de periódico cada grieta, cada cristal tintado, precavida, llevada por el impulso incontrolable de la asustada y cautiva ama de casa en la que se había convertido.

Y cuando él había recuperado la consciencia, la había vuelto a morder.

Trató de recordar algún nombre al que poder llamar, en quien confiar, en vano. Hacía mucho que no veía a sus amigas, tanto que ya quizás ni lo eran. Vecinos, amigos en común con Frank, la policía… ¿Cómo se lo explicaría? ¿Qué pasaría con Frank una vez lo sacaran de allí? De nuevo, de bajo las escaleras. Ella le contemplo, sus rasgos rectos, su mentón mal afeitado, sus ojos claros que la miraban, extasiados, esperando más de su vida, más de su carne que le fuese entregada de buena voluntad.

Ella alguna vez había vivido sin él, de alguna manera, había tenido un camino propio, había tenido una existencia aparte. No quería quedarse allí a morir. En primer momento lo había pensado, por eso le había sacado los colmillos con los alicates y la cuña del martillo, sufriendo con sus súplicas de dolor, y se había abierto las heridas en la piel, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera que él la necesitaba para vivir tanto como ella pensaba que le necesitaba a él.

Pero no era así.

-Yo también te quiero, Frank.

Susurró, quizás mintió, se acercó a él y le besó la frente, sintiendo como el aliento de él se le acercaba al cuello, retirándose a tiempo para evitar el mordisco con un pesado movimiento y el sonido del choque de los dientes sobre el aire vacío.

La mujer le miró, tratando de recordarle como era antes, la imagen que podía haber querido, y no lo consiguió. La imagen sangrienta de su marido se había extendido por todas sus memorias, como si siempre hubiese sido esa criatura parasitaria y el Frank luminoso no hubiese sido más que una ilusión creada por su mente.

Dio un paso atrás y se dio la vuelta, hasta las escaleras, mientras lo escuchaba suplicar y rogar, preguntar que a donde iba, que NO SE LE OCURRIESE dejarle allí sólo.

Lily lo ignoró, subió las escaleras, contando los peldaños. Sacó el clavo de un tirón seco, astillando un poco la viga, y lo dejó caer, junto al martillo, por el hueco de los peldaños, entre la negrura, con un golpe sordo, y siguió subiendo.

No se volvió atrás, y al abrir la puerta, la luz de la mañana, que la había sobrevenido sin apenas notarlo, la cegó por un instante, con un reconfortante resplandor. Dejó que la bañase en su calor, que limpiase sus heridas y ahuyentase las palabras de esclavitud. Ahora no quería pensar en ellas, y simplemente caminó, no escuchando más que los pesados pasos de sus botas crujir sobre la gravilla del camino a través de su jardín, hasta la salida.

6 comentarios:

Anteo dijo...

Pues eso, te odio, en clase y tal...yo que cuando algo no me gusta y lo puedo borrar varias veces. Me ha gustado mucho, si tienes más trabajos como éste, súbelos! xD

SemielfaMish dijo...

Vaya, qué oscuro :D Me ha gustado cómo creas esa atmósfera asfixiante, sobretodo al principio cuando se obsesiona con mirar el clavo, y cómo al final consigue una especie de liberación ^^

Anteo dijo...

Se me olvidó ponerlo ayer xDD ya que lo leo, dejo constancia jums xD pues eso, en una hora y en clase, sabes que te odio mucho, lo haces tan fácil. Me gusta bastante, se nota que es tu especialidad, aun si el vampiro habría quedado genial.

Misery dijo...

Semielfa: Muchas gracias :D Lo hice unas horillas antes de clase y no sabía si colaría ^^U (al final solo lo llevé hecho yo...y no hubo que leerlo, fue un chasco xD)

Anteo: That's why I'll marry you in Vegas, honey -w- ...

Shadow dijo...

Lo pasaste al inglés? dios, que capo master... joder, se me han puesto los pelos de punta y todo al imaginarme siendo Lily. Me ha encantado el ambiente oscuro del marido... eres genial, en serio!

Misery dijo...

Ay ¿Qué haría sin ti? :D