miércoles, 17 de agosto de 2011

Crownless #3

Bueno, esto es lo último que voy a subir de Crownless en el blog. No quiero agobiaros, pero si hay alguno interesado en seguirla (ilusa de mi, siempre atiborrándoos de mierda que leer... ¡huid, insensatos! xD), estará aquí http://www.fictionpress.com/~mistralwind
Me parecía feo dejar el capítulo uno a medias, así que... aquí están de nuevo Víc, Salazar y Mistral.
(Sí, suelo coger diminutivos cariñosos para mis personajes... agradeced que no es "Vicky", como mi personaje Dorian, al que llamo amablemente "Dory", o Fenrir, que es "Fen-Fen")
Como siempre, sin corregir, sin Q en el teclado y bla bla bla xD

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Nunca antes había pisado aquella sala, ni había oído siquiera de su existencia en el castillo, él, que presumía de haber crecido allí y conocer todos sus secretos. Pues bien, parecía ser que uno de ellos se le había escapado entre los dedos, pronto iba a comprender por qué.

A través de una de las paredes de la sala de armas, una especialmente descuidada y llena de muescas, espadas, arcos y lanzas amontonadas entre decenas de barriles, moviendo las armaduras hermanas, pesadas protecciones de combate, idénticas, pudo ver una pequeña apertura, apenas para que cupiese un hombre a la vez, encogido, sin poder más allá de un palmo delante de sí.

El rey tras él encendía una tea con sumo disgusto. Por lo general, se prefería iluminar las vías del castillo de cualquier otro método. O bien mediante minerales luminiscentes exportados de la antigua colonia Órdiva o también, por métodos de condensación mágica. Sin embargo, la confidencialidad del momento exigía también la máxima discreción, aún con la cercanía de un fuego si no prohibido, bien impregnado de toda la superchería cultural. Un funesto augurio mientras Víctor examinaba el camino de ultratumba que se abría paso en la oscuridad del estrecho pasadizo.

-¿Cómo nunca nadie me ha hablado de este lugar? Siempre se sabe, aún por rumores, de ciertos lugares secretos en el castillo, ya reales o bien inventados por algún bufón especialmente imaginativo.

-No tenías necesidad de saber de su existencia. Sólo yo quedo ya de todos los que ayudaron a construirlo, así que no debe de extrañarte. Siempre usamos las armas de la sala contigua y estas armaduras ya no son más que puñados de chatarra, viejas glorias de una etapa pasada. Ahora no harían más que estorbar al guerrero.

El muchacho aguardó a que su padre se acercase primero e iluminase con el rojizo resplandor las paredes de piedra plagadas de telarañas y una pegajosa humedad que se deslizaba entre las grietas y porosidades de la roca. Debía de hacer decenas de años que nadie recorría aquel sendero secreto, y se preguntó por primera vez qué sería lo suficientemente poderoso como para que su padre no hubiese querido revelar a nadie de su existencia. Un súbito y relampagueante sentimiento de orgullo le invadió al saber que era a él, precisamente, al único al que iba a descubrir aquel vestigio de su pasado.

-Sígueme.

Sentenció, simplemente, agachándose y pasando por entre el hueco, rozando las paredes con la túnica. Víctor no se hizo de rogar y tomó presto el camino de su padre.
El hedor a cerrazón y humedad le golpeaba y se fortalecía a medida que descendían casi a tientas por las escurridizas baldosas, mareándole, sintiendo las vaharadas de calor que llegaban del frente, de la antorcha que portaba Salazar. A pocos metros, cuando ya el resplandor de la abertura por la que habían entrado prácticamente desaparecía, de pronto el pasillo se ensanchaba, dándoles paso a una especie de mazmorra pequeña, igualmente impregnada del repugnante olor y despojos de las alimañas que se ocultaban en el castillo. Las chispas de luz que dejaba escapar el débil fuego de la tea dibujaban en dorado y naranja las siluetas y los bordes de la habitación, pero además, un altar en el centro.

Víctor contuvo el aliento para no soltar una exclamación cuando un par de ratas, asustadas por los inesperados intrusos, huyeron pasando a toda velocidad por encima de sus botas. La situación cada vez le parecía más alejada de la realidad cotidiana que conocía. Primero el consejo, la corona, y ahora aquello, precipitado todo por acontecimientos que ni siquiera había vivido…

Salazar se acercó hasta el altar de piedra y dejó la antorcha sobre este, iluminando así un hueco tallado en la piedra en el interior del cual descansaba un bulto envuelto en un sudario blanco. Sea lo que fuese que descansaba allá adentro, ambos sintieron como el calor húmedo del aire se desvanecía a favor de un helado sentimiento de inquietud.

-Sabes que si decidieses ir a por la corona de tu abuelo, ni yo ni nadie en este reino que preciase su posición o su nombre podría ayudarte sabiendo quién eres sin caer en desgracia.

-Lo sé, padre.

Respondió brevemente. A pesar de lo inverosímil de su regreso a la patria si decidía emprender el viaje, cada vez se le presentaba con mayor fuerza como la única opción que estaba dispuesto a tomar. No iba a renunciar a su nombre, ni mucho menos tratar de provocar una guerra insistiendo en ello contra el consejo, quizás porque sabía también que siempre habría personas dispuestas a discutirle su procedencia.

Estaba abalanzándose a las fauces del lobo tal y como sus enemigos querían, y aquello no le era una idea ajena. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y pensaba aferrarse con todas sus fuerzas a la vida y a volver a toda costa victorioso. Aún cuando también pensaba que sus intenciones podían escasamente coincidir con los hechos que transcurriesen a partir del día de mañana.

Salazar se llevó la mano al cinto, siembre pendiendo de su cintura, con la espada siempre envainada en él desde que dejo de combatir en las campañas.

-La única manera que se me ocurre de hacerte volver es entregándote Arizasesh, pero es algo que no puedo hacer. Será lo primero que me reclamen al saber que has partido en la misión que te han encomendado.

Víctor no podía despegar la mirada de la figura blanca que descansaba en el hueco, olvidada durante años en el silencio de aquella oscura cripta. Lo que rezumaba de aquel lugar no era otra cosa que un frío glacial y un vacío inconmensurable que trataba de absorber el calor que le rodeaba. La llama danzaba, amenazando con apagarse, ondeando lastimeramente sobre la roca.

-No es mi intención pediros eso. No necesito un beneficio a costa de vuestro buen nombre.

Casi susurró. Su padre rió entrecortadamente.

-No es eso lo que estaba insinuando. No, Arizasesh permanecerá aquí, en Riverstone…

Deslizó una mano sobre la tela blanca que cubría la figura y el muchacho tuvo que contener de nuevo el aliento al sentir una dolorosa punzada en el pecho que se extendía como si ese extraño sentimiento de desdicha hubiese comenzado a extender sus raíces por entre su carnes y su sangre, buscando amarrase con tal profundidad entre sus huesos que fuese imposible volverla a expulsar.

Y sin embargo, la impresión pasó tan fugaz como había llegado, dejando una fantasmal impronta de nostalgia y sorpresa, al tiempo que Víctor reconocía los pliegues en el acero, los trazos perfectos, los bordes redondeados y hermosos de la empuñadura de una nueva espada muy familiar.

-Pero Arizasesh no es la única espada poderosa que poseemos.

El chico, a pesar del respeto que sentía, no pudo por mucho que lo intentó, más que dar un paso adelante, tentado por una virulenta curiosidad. Efectivamente, a medida que su envoltura de fina tela polvorienta se deslizaba emitiendo un suave arrullo, se iba descubriendo su metálica perfección, una espada maravillosa como sólo la había visto un par de veces en su vida, siempre en referencia a la que su padre llevaba constantemente al cinto.

Parecía imposible que mano humana o mortal hubiese sido capaz de idear y llevar a cabo semejante prodigio, en cuya sencillez y limpieza de líneas habitaba la paradoja de una ilusión de vida en un objeto inerte y de su cercanía en concepto a una muerte eficaz y centelleante que anidaba en su letal filo.

Yacía como una especie de entidad sacra incorrupta, contrastando con la sordidez del ambiente, sólo haciendo esto resaltar más la belleza de todo el conjunto de su construcción. Era idéntica a Arizasesh salvo por un detalle. Una salvedad que no obstante, ni disminuía ni aumentaba la fascinación de todos los que la hubiesen podido contemplar juntas por primera vez.

Su hoja era oscura, parecía hecha de algún metal que Víctor no había visto en su vida y que absorbía la luz que se encontraba a su alrededor, si bien Arizasesh creaba el efecto contrario, de una súbita luminosidad.

Ambos sintieron que el aire de la habitación se volvía más denso, frío, antinatural, como si la fuerza que dormía ya durante tanto tiempo atrapada en esos muros reconociese la presencia de ambos. Ellos miraban la hoja, sí, pero también podría haber parecido que esta, recostada contra la piedra, semienvuelta en su vestidura blanca, les devolvía la mirada.

-Galadrir es la contraposición de Arizasesh. Podría ser también la gloriosa, por sus cualidades. Como ésta, fue concebida para combatir cualquier enemigo de la nación, y en el momento en el que te encaminas a demostrar tu valía y tu linaje, esta debería servirte.

La extrajo con cuidado del hueco en la roca e igualmente con delicadeza, volvió a cubrirla con la sábana, haciendo que la opresión del ambiente se disolviese. Víctor sintió retornar a sus huesos parte de la calidez que había ido perdiendo desde el momento en el que la descubrieron.

-No obstante, he de decirte que, aunque te la entrego y estoy seguro de que ésta no permitirá que mueras por quién eres… no creas que Arizasesh o Galadrir son espadas corrientes, herramientas que puedes usar a tu antojo, sometiéndolas a tus deseos… cuando digo que no te dejaría morir, es eso justamente lo que quiero decir.

Se volvió y miró a su hijo detenidamente, con sus ojos verdes, que en la entrada a la vejez, habían empezado a clarear. Las arrugas en torno a estos se mostraban preocupadas, y su boca torcida, indecisa, entre la barba plateada resaltaba contra la sobria tela azul ahora cubierta de polvo y telarañas.

-¿Quieres decir… que poseen una propia consciencia? ¿Que están vivas?

-Quizás… sólo sé que deberías tener cuidado de no resultar siendo tú el dominado por ellas. Ese es el motivo por el que no se le confían a nadie. Su poder es sobrehumano precisamente porque poseen una fuerza y vida que se escapa a nuestra comprensión.

No podía entender del todo aquello que Salazar trataba de hacerle ver, y a pesar de ello, la imagen de la espada, la presión en el pecho y el desasosiego que había sentido eran un buen punto de partida para tomar en serio todo cuanto acababa de decirle.

-Pretendo que la lleves porque sé que ella no dejaría que murieses sin haber acabado tu misión. Sin embargo… no quiero que la desenvaines a no ser que te halles en un inevitable peligro de muerte. Siendo como es el viaje que vas a realizar, y si eres cauteloso, puede que sólo la necesites en el mausoleo de Amerista o nunca. Rezaré por ello.

Tendió Galadrir al muchacho y este, vacilando un instante, alargó la mano para sostenerla. Esperó un peso especial, equivalente a toda la importancia que recaía sobre ella, pero una ligera decepción le embargó al comprobar que en ese instante, no sentía nada demasiado diferente a lo que hubiese sentido sosteniendo cualquier otra espada.

-No puedo verte marchar, ni nadie ha de saber de tu paradero en cuanto pongas un pie fuera del castillo. Sólo serviría para que los Moonshadow tuviesen tiempo de mandar a sus asesinos tras tus pasos. Corre, simplemente. Huye todo lo lejos que puedas de la capital y piérdete un tiempo entre los pueblos de las montañas o los de la costa. No importa, siempre que andes lejos de la corte y sus ambiciones. Quizás puedas encontrar aliados inesperados en la gente menos digna a nuestro parecer de ello. Peculiarmente la gente que no tiene nada que perder sino un mundo por ganar podría servirte de ayuda.

Víctor reflexionó sobre los consejos de su padre y rápidamente las ideas brotaron en su mente, extrañamente despierta ante el sabor de la adrenalina en su paladar. Antes del amanecer se encontraría sintiendo el frescor del rocío estallando sobre su piel mientras su caballo se alejase a toda velocidad de la tierra por la cual moriría o regresaría siendo un héroe sin precedentes.

-Nunca nadie ha intentado hacer por lo que estás apunto de atravesar. Quiero que sepas que la dinastía de los Silverblood pocas veces ha visto tanto honor como el que acabas de desplegar ante los ojos de toda tu nación con tu decisión.

Por la mente del rey anciano pasaron todo tipo de pensamientos, que iban desde la fría despedida hasta la súplica de un replanteamiento de su decisión, una llamada a la sensatez, un desprecio por títulos inútiles a favor de una larga vida para su único hijo.

No obstante, no hizo nada, lo miró en silencio, incapaz de materializar sus humanas debilidades, como había sido enseñado, incapaz de atravesar esa barrera de orgullo que vez tras otra, lo convirtió en un extraño para todos los que conocían su nombre. Nunca nadie conocería de nuevo a Salazar, que había sido creado para ser la pieza más importante del tablero de ajedrez que era Riverstone, pero que en sí misma, ni siquiera resultaba útil para sus propios deseos.

-Gracias, padre. Volveré con la corona de Wendel o no regresaré, pero no permitiré que el consejo siga atentando contra tu nombre. -Tomó aliento, antes de añadir, incómodamente, una última palabra.- Adiós.

Abandonó la sala por el pasillo de tinieblas, sin mirar ni una sola vez hacia atrás, temiendo ver la debilidad y la pena de su padre, o quizás, más que eso, la ausencia de esta en sus ojos…

Salazar, sólo en la gruta, pasó la mano por el hueco vacío del reposo de Galadrir.

-Víctor… ¿Qué te hemos hecho?

Mistral estaba acurrucada contra el enorme arco de la puerta que daba acceso a la biblioteca, en un estado a medio camino entre el sueño y la vigilia, como un animal asustado, la percibía respirar con tranquilidad y ladear la cabeza ligeramente al escuchar sus pasos acercarse. Supo que la iba a encontrar allí. Había tenido la precaución de guardar antes la espada Galadrir en su habitación para evitar que nadie la viese y pudiese pensar que se trataba de Arizasesh, envolviendo más en aquel asunto a su padre.

Se dejó caer contra el arco él también al lado de su amiga, sintiéndose aplastado súbitamente por todo el peso de la responsabilidad que había ido acumulándose a lo largo de un solo día.

Suspiró hondamente, sabiéndose centro de la atención de la muchacha.

-Mañana por la mañana ya no estaré en el castillo. Me voy, Mistral.

No quiso dar rodeos, no tenía fuerzas para repasar punto por punto los motivos que le llevaban a su viaje, sólo cómo era el triste inicio de este. Expulsado de su tierra como un proscrito hijo de traidor hasta que su valía probase lo contrario.

-Me voy contigo.

Susurró ella, abrazándose las rodillas con mayor fuerza y ladeando la cabeza para apoyar la cabeza contra él.

-No. Eso no estaría bien. Cualquiera que me ofrezca su ayuda será igualmente proscrito. No tendrá futuro en Riverstone nunca más, a no ser que yo triunfe en mi búsqueda… pero eso es algo, no voy a mentirte, por ahora bastante incierto.

Ella negó con vehemencia.

-¿Qué futuro nos queda aquí si no es contigo como rey? No quiero vivir en un Riverstone donde hayan sido capaces de expulsarte de una manera tan vil. No sería capaz de soportarlo en silencio… ¿Y quién iba a impedir entonces que me colgasen cuando insinuase de nuevo al hijo mayor de los Moonshadow que pasa demasiado tiempo con ese enorme semental blanco que compraron el mes pasado?

Incluso en aquel momento, Víctor tuvo que contener una carcajada. La desvergüenza de su amiga solo era equiparable a la del padre de esta, incapaz de frenar su lengua a riesgo de más de una contienda sin importar la importancia de esta siempre y cuando considerase la causa o bien justa, o razonablemente divertida. Ese era el carácter que la había llevado a estar más cerca siempre de las simpatías de los nobles guerreros que de las recatadas damas casaderas de su edad. Ella misma se había confesado incapaz de enhebrar una aguja, mucho menos de bordar una sola inicial en ningún pañuelo que recogiese algún pretendiente.

-En esa ocasión, te libraste por poco. Si Tyrant Moonshadow no hubiese estado tan avergonzado de repetir tus palabras sobre su supuesto gusto por las bestias, podrías haber acabado mal esa vez.

-¿Bestias? Yo me refería al criado albino que hizo traer.

Comentó, con tono falsamente sorprendido, incapaz de disimular su sonrisa descarada. Víctor tuvo que llevarse las manos a la boca para evitar que alguien en algún aposento de los criados cercano les escuchase. Su risa contenida se hizo incontrolable y ronca, pero a medida que pasaban los segundo y sentía con mayor claridad la tibieza en sus mejillas de las lágrimas, supo que realmente estaba llorando.

-No quiero que vengas conmigo.

Dijo, finalmente, tratando de contener el llanto y de que Mistral no se diese cuenta de ello.

-¿Por qué no quieres?

Susurró ella, tras un momento de silencio herido. Sabía que aquello le había debido de doler.

-¿Qué clase de vida te esperará allá afuera si vienes conmigo? Proscrita, una vergüenza para tu familia, incapaz de regresa ni a Órdiva ni a Riverstone. Extranjera y traidora para siempre en tus dos hogares…

Ella dio un bufido irónico y divertido, puede que cansado también.

-¿Qué clase de vida me espera aquí, también? Ser la mujer de algún patán que ni siquiera podría ganarme en un combate a espada, alguien a quien, en teoría, para vuestra cultura, tendría que someterme como hizo mi madre cuando siguió a mi padre hasta Riverstone. Perdería el orgullo que me han enseñado a llevar como una terrible virtud, y yo no estoy hecha para sufrir semejante humillación. O si nadie llegase nunca a desposarse conmigo, algún primo lejano se quedaría las tierras de mi padre y su título en vista de mi incapacidad para procurarle descendencia a mi casta. Y seamos sinceros, las damas mestizas con una capacidad nula de autocontrol pero un manejo aceptable de la espada, las dagas y la magia no son muy recomendables entre las mujeres de la nobleza casaderas.

Él le pasó la mano por el pelo distraídamente y le reconfortó ver que, como siempre, no había manera de deslizarlo entre semejantes enredos aún con el pelo liso.

-Siempre me fascinará esa capacidad para describir tu situación con semejante mordacidad y despojo de todo tipo de recato.

-Es parte de esas cualidades encantadoras que hacen que los Moonshadow me tengan más miedo a mí que a ti. Te han echado simplemente porque saben que yo me iría detrás.

La noche era clara y se podía reconocer cada elemento de la biblioteca simplemente con el resplandor de la brillante luna en el cielo que se recortaba en las azules cristaleras. Los techos enormes enmarcaban sombras puntiagudas que bailaban al son del viento y sus aullidos, mientras el lomo dorado de algún tomo destellaba levemente en la penumbra.

-Justo antes del amanecer, ensillaré mi caballo y me iré de aquí. Piénsalo hasta entonces. Puede que te arrepientas.

Dijo, simplemente, antes de indicar con un leve estiramiento su marcha. Mistral se separó levemente y murmuró antes de hacer lo mismo.

-No cuentes con ello.

En el transcurso de una hora había recogido todo cuanto había creído preciso. Le sorprendió que su vida resumida ocupase el contenido de una sola bolsa de cuero, pero así era. Numerosas joyas para vender, ropa de viaje, no lo suficientemente dura, aún así, tendría que adquirir algo lo suficientemente rudo como para aguantar ese tipo de viaje. La espada que solía usar normalmente en los entrenamientos y por supuesto, Galadrir.

El secreto descenso hasta los establos no fue demasiado difícil. Parecía que los hados se habían confabulado con él para abrirle paso en las galerías nocturnas del castillo hasta su caballo sólo para hacerle menos amargo el último trago de melancolía. Había decidido partir con la suficiente antelación para que Mistral no pudiese seguirle, sino resignarse a permanecer allí, pero al percibir una presencia más en el establo, supo que se había adelantado a sus pasos una vez más.

También de la ausencia de guardias.

-Dormir a la gente nunca me ha supuesto un esfuerzo excesivo, sobre todo si estos ya de por sí están cabeceando por el pasillo. Empezaba a impacientarme porque no llegabas.

El muchacho no le contestó, no demasiado sorprendido por el hecho de que, en efecto, su amiga le conocía demasiado bien en ocasiones.

Ella salió de entre las vigas del establo, amarrando fuertemente una hermosa e imponente yegua blanca, “Buen Presagio”, vestida con la ropa masculina pero ligera que normalmente llevaba para entrenar. Se había cortado el pelo.

-Creí que quizás así sería más práctico.-Comentó, algo avergonzada, pasándose la mano por lo que quedaba de la larga melena castaña que había acariciado hace unas horas.- Sé que aquí el pelo corto significa que has sido castigado por algo, pero en mi tierra significaba duelo y cambio… además, no es muy práctico pelear con el pelo largo o llamar la atención arrastrando a una chica.

Víctor asintió, buscando y palpando el hocico de su propio caballo negro, “Silencio Nocturno”, este le devolvió un leve cabezazo mientras aceptaba la golosina que le tendía.

-Creo que hemos pensado en lo mismo…

Señaló, mostrando su cinto rojo alrededor de su cintura.

La chica enmudeció un instante, abriendo la puerta y contemplando la extensión nocturna que se abría ante ellos. Un mundo desconocido y hostil.

-Entonces es una despedida ya ¿eh?

Víctor, terminando de atar las bolsas a la montura de Silencio, de un salto se montó sobre su corcel.

-Sólo de momento… volveremos aquí, creo que de eso…- palpó la bolsa en la que estaba guardada Galadrir.- podemos estar seguros.

Mistral dejó escapar un bostezo antes de alzar las cejas con incredulidad.

-Como digas, pero esa seguridad de ahora no la tendrías si yo no hubiese decidido adelantarme a tu pequeña trampa para dejarme atrás. Sin mí no durarías dos días. Allá afuera.

Presagio sacudió sus crines y relinchó ante el brusco montar de su dueño, y esta le tuvo que chistar, incómoda y presurosa.

-Quizás estoy recibiendo más ayuda de la que merezco hoy, sí… y por eso precisamente sé que volveré, en el camino de salida hay buenas señales marcando mis pasos.

Sin esperar más, espoleó a Silencio Nocturno, que preparado para la carrera, salió raudo, sorprendiendo a Mistral y Buen Presagio en lo precipitado y animado de su salida.

Contagiada por último golpe de buen humor y miedo a quedarse atrás, apremió a su yegua blanca a salir tras la veloz sombra que empezaba a difuminarse, diluido en el firmamento nocturno y el plateado acompañamiento lunar.

Las estrellas de esa noche brillaban con especial fuerza, arropándolos ante el frío y los pensamientos amargos de destierro, pues ya habría cabida para ellos más adelante. De momento, sólo las expectativas de gloria y la infinita esperanza abarcaban sus jóvenes corazones en las tinieblas previas a la luminosa alba.



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