martes, 9 de agosto de 2011

Crownless #2

Capítulo uno

La luz otoñal entraba entre los pliegues de los lobulados arcos del castillo hasta el pequeño pato interior, bañándolo todo en la clemente y dorada luminosidad del atardecer, tiñendo de oro hasta el más humilde detalle del diminuto jardín, reflejándose en las cambiantes ondas del agua de la fuente, que borboteaba sin descanso, inquietando más que tranquilizando al muchacho que allí aguardaba el veredicto del consejo. Casi hubiese podido trazar un surco entre las vegetación que allí adentro crecía, dirigiendo sus verdes brotes hacia la clara y alta luz del sol.

El joven lanzó una mirada furtiva alrededor, alarmado por los pasos, esperando que la puerta de la sala del consejo se abriese, pero no obtuvo respuesta por parte de los ancianos. Aquel ruido de proximidad tenía distinta procedencia, y al segundo, lo supo, identificando perfectamente aquel rítmico caminar y la impronta de cada pisada como si fuesen los suyos propios, sonriendo.

Pronto la vio aparecer con casi timidez entre las columnas de la pasarela asomándose al interior del patio y descendiendo con prisa contenida a duras penas los escalones que los separaban. Haciendo perfecta omisión, como siempre, del protocolo que debería haber reinado entre ambos, se dirigió a él una vez más como a alguien de su propia familia.

-Aún no sabes nada ¿verdad?

El muchacho negó con la cabeza, sentándose en uno de los bancos de piedra, de formas rectas y de impresión compacta e impasible ante las inclemencias del tiempo y los años.

Ella se apartó el pelo castaño enmarañado de la cara con un rápido movimiento de sus menudas y blancas manos, algo más ásperas que el del resto de damas de la corte debido a la práctica de su secreta afición. Seguramente ni siquiera se había parado a esperar a que alguien del servicio la ayudase con los cuidados vestidos que se veía obligada a llevar allá en la capital del reino, como pudo comprobar en seguida él al ver los cordeles del corsé pendiendo lacios sobresaliendo de los ojales entre la tela bordada de rosas silvestres.

-¿Llevas viviendo aquí prácticamente diez años y aún no te has acostumbrado a esperar a que tus damas te ayuden a vestirte como es debido?

Repuso él, Indicándole que se diese la vuelta y asiendo los cordones, tratando de recordar la manera correcta de anudarlos cuando se trataba de vestimenta nobiliaria. Algo que no hubiese necesitado saber de no haber tenido a Mistral de amiga. Tensó al máximo el nudo, conteniendo una carcajada al sentir que la chica perdía el aliento con un leve hipido.

-¿Queréis matar a alguien aquí con estos vestidos, Víctor? A veces sospecho que los trajes que me hacen llegar son un intento mal encubierto de acabar con mi vida…

El chico recogió su pelo y lo dejó caer por un lado de los pálidos hombros, pues allá en Riverstone rara vez se tenía la oportunidad de contar con un día claramente soleado sin que este se viese súbitamente interrumpido por la lluvia esporádica, para así poder ver con claridad el nudo. La muchacha trató de verle de reojo mientras Víctor terminaba su tarea con más dificultad que gloria en ello.

-Cualquiera que nos viese de esta manera podría tachar mi carácter de indecente…

Aventuró ella, sonriéndole con una chispa de humor y vergüenza.

Él soltó el cordel, ya terminado, y cogiéndola por los hombros, la hizo darse la vuelta.

-Créeme, ya no se puede hacer demasiado por tu fama aquí.

Dijo, al principio tratando de permanecer serio, pero finalmente mascullando entre dientes para evitar reírse de la cara espantada de Mistral, arrasada por el rubor y unas pocas pecas bajo los ojos grandes y grises que le miraban con reprobación.

-Oh, bien, me gustaría saber que otra persona, mujer u hombre, aguantaría tus delirios caballerescos día tras día sin desistir en el intento y a cambio sólo ganarse una inmerecida fama de díscola.

-Si no te presentases a medio vestir en los patios, quizás eso pudiese arreglarse en parte.

Mistral se cruzó de brazos y bufó justo como solía hacer cuando se conocieron, cuando sólo contaban con nueve años y ella acababa de llegar desde Órdiva, la antigua colonia de Riverstone en el sur del continente. En principio, iba a pasar con su madre sólo unos dos años, pero entonces, una súbita revolución interna hizo que perdiesen para siempre las tierras y que sus esperanzas de volver se desvaneciesen al instante ante el peligro de muerte que suponía que la realeza septentrional osase reclamar sus tierras allí.

Sea como fuere, había en Mistral una fuerza combativa que chocaba directamente contra la languidez de la gran mayoría de las damas que rodeaban el círculo real. Nunca había trabado amistad con ninguna de ellas, a pesar de sus intentos infructuosos, y sin embargo, podía pasar hora tras hora viendo como su padre combatía con la espada en amistosos duelos o montando a caballo con él por los amplios territorios colindantes sin resentirse por ello ni quejarse en absoluto. Su crianza mixta entre realeza nórdica y austral había hecho de ella una peculiar chica que lejos de sentirse intimidada, había encontrado en Víctor, nada menos, a un compañero de fechorías al cual le convenía menos que nadie verse en ocasiones arrastrado a una vorágine de picardía y curiosidad nunca mal intencionada, pero sí casi siempre, poco diplomática.

-No tengo la culpa de que vuestros vestidos sean tan incómodos. La túnica que uso en los entrenamientos no me importaría llevarla constantemente, o incluso las ropas de equitación o de esgrima. Pero todas estas sedas, corpiños, enaguas y terciopelos a veces hacen que me sienta…asfixiada.

-Sigues hablando como una maldita extranjera después de llevar más tiempo aquí del que pasaste en tu tierra natal. Incluso conservas ese rebuscado acento. Si sigues renegando de la capital, algún día ni yo podré evitar que te cuelguen.

Se volvió a vigilar como un par de guardias que hacían la ronda y doblaban la esquina los observaba a lo lejos, tratando de parecer que su mirada en la dirección de ambos era casual.

Entrecerró los ojos verdes esmeralda con suspicacia, turbado por lo desierto que estaba el patio aquella mañana, como si todos supieran exactamente los problemas que se estaban cociendo en la sala del consejo.

Su amiga puso los brazos en jarra, sobre la cadera acentuada por el ajustado corsé bordado y las numerosas capas de gruesa tela parda clara de la falda, tratando de mostrar una actitud directa e inquisidora.

-Vamos, deberías tranquilizarte ¿Qué es lo peor que va a pasarte a ti, oh príncipe heredero de Riverstone? ¿Temes que alguien trate de quitarte el puesto?

Parloteó, con una actitud abiertamente dispuesta a la broma y el escarnio de su miedo, y sin embargo, el primer impulso de Víctor fue contestar un simple “sí”. Se sentó en el banco de piedra, no obstante, y trató de no mirar a la muchacha a los ojos, cubriéndose con el cabello rubio.

-Supongo que tienes razón. Y sin embargo… sé que hay algo en todo esto que no me gusta. Tantas horas… tantos días debatiendo el tema… El consejo realmente me quiere fuera de aquí. Quieren un cambio de dinastía reinando.

Mistral bufó de nuevo, soplándole a uno de sus claros y lisos mechones castaños para que se apartase de su frente, al tiempo que respondía al pesimismo de su amigo con desgana.

-Con todo el respeto que aquí le tenéis a ese grupo de ancianos, creo que poco pueden hacer contra la voluntad de tu padre, Víctor.

-Esto no es Órdiva, Mistral, el sistema de castas aquí no funciona tan bien. Puede que hayas nacido hijo de rey, pero… a veces pesan ciertos actos anteriores. Nuestros crímenes no quedan impunes. Pagarían justos por pecadores, pero al menos, pagaría alguien…

La pálida luz, reflejada contra los muros de sillares marfileños y envejecidos del castillo, iluminó por un momento las facciones espantadas de la chica, y Víctor por un momento pensó que había conocido en sus palabras el horror que él pensaba, podía acontecerle. En cambio, pronto escuchó algo más entre la calma de las paredes de palacio.

-Víctor, tenemos que hablar.

La muchacha se precipitó en una pronta e improvisada reverencia, mientras que el chico simplemente se volvió, ansioso y espantado ante la seriedad de su padre.

-Majestad…

Susurró Mistral, palideciendo también ante la gravedad de la voz del monarca. Pocas veces, a pesar de la amistad con su hijo, había tenido ocasión de verle tan de cerca.

Salazar sin duda era un hombre imponente, alto, de una compostura gallarda y honorable, un largo pelo que en otras épocas, fue de un rubio ceniza distinto al tono más dorado del de Víctor, herencia, según decían, de su abuelo.

Aunque también había otros caminos más retorcidos que llevaban a una conclusión similar entre las habladurías de la plebe.

-Si nos disculpas, Mistral, me gustaría hablar con mi hijo a solas un momento.

Ella asintió con una reverencia, agradecida de tener una excusa con la cual huir de la presencia del intimidante soberano, dándose la vuelta al instante y reprimiendo las ganas de correr mientras se alejaba a una distancia más que prudencial. Sin embargo, tomó la decisión de esperar las noticias de Víctor frente a la biblioteca de palacio dónde este solía refugiarse en sus momentos de reflexiones regias que a medida que crecía, se hacían más frecuentes.

En cuanto desapareció de la vista de ambos, serpenteando entre los arcos de los pasillos del patio y las enredaderas que plagaban los muros de piedra, el rey suspiró.

-Seguís siendo buenos amigos ¿no es cierto?

-Siempre.

Salazar asintió, pensativo.

-Quizás algún día ella y tú…

Víctor atajó la conversación al instante, sabiendo en ese momento que algo iba tremendamente mal al respecto del consejo. Su padre nunca hubiese insinuado tal idea. Mistral una extranjera con una sangre mezclada, unida de alguna manera a la imagen de un heredero al trono era una idea que al rey siempre le había repulsado, aunque en cierta forma, tolerase la amistad y el compañerismo que hubiese podido desarrollar con Víctor, quizás porque no la pudo atajar antes. Aún así, lo que estaba proponiendo ahora quería dejar ver un descenso de rango por parte de Víctor. Justo como se había temido.

-¿Qué estás tratando de decirme, padre? ¿Qué ha pasado en el consejo hoy?

Cada vez su alarma se hacía más justificada mientras los ojos verdes claros de su padre escrutaban las paredes, buscando ojos u oídos indiscretos que pudiesen delatarle por hablar con su propio vástago. Víctor quiso aferrar su túnica larga azul y tratar de hacerle recuperar la compostura reconfortándole tal vez en la lealtad y devoción que como hijo le profesaba. Sin embargo, hacer ademán de tocar al rey, aún en su visible desesperación y temor, era algo que no podía concebir, ni siquiera en su posición. Había sido criado como un guerrero, no como un hijo, y acorde con eso debía de ser su actitud.

Cuadró su postura, incómodo, y aguardó a que Salazar terminase de inspeccionarla estancia. Algo no debió de agradarle del todo, pues torció el gesto de súbito y le indicó con un ligero movimiento de mano que le siguiese.

-Será mejor que mientras te cuento lo sucedido, paseemos hasta algún lugar más tranquilo.

Víctor asintió inclinando la cabeza y entrecerrando los ojos.
-Por supuesto, majestad.

Las vistas desde el mirador de la torre hasta la ciudad eran de una belleza que hacía enmudecer a los pocos privilegiados capaces de poder apreciarla a aquellas horas en las que el sol estallaba contra el horizonte y sus llamas se extendían por el firmamento como si prendiesen en ellas todo el reino de Riverstone. Aún así, también era algo sobrecogedor para los habitantes del país, principalmente por su ancestral tabú: el fuego.

Víctor contempló hacia abajo las calles empedradas con la roca clara que se extraía en las canteras de los alrededores, de la misma con la que habían construido hacía tantos siglos el castillo. Podía distinguir a la gente, diminuta, caminar y dejar transcurrir sus vidas a sus pies, inconscientes de que las observaban y allá arriba tomaban decisiones que podían ser para ellos, trascendentales. Aquello, pensó Víctor fugazmente, era lo más parecido a la vista de un Dios que podría encontrarse sobre la tierra.

Lo cierto es que la ciudad había ido creciendo tan progresivamente, pero había llegado a abarcar tanto espacio, que las casas del centro de la ciudad que rodeaban al castillo poco tenían que ver en su construcción y diseño con las que habían ido surgiendo en el exterior, además de que, dependiendo de sus dueños, los materiales, sus colores y su tamaño variaban considerablemente. Los extranjeros de las anteriormente numerosas colonias solían adaptar las construcciones de su país y sus estilos. Los más adinerados podían incluso traer parte de los materiales con ellos en los barcos o las carretas de comercio, y sin embargo, llegaban en ocasiones a estar situados a pocos pasos de la más tradicional de las viviendas de Riverstone, dando lugar a una ciudad laberíntica y heterogénea, casi un organismo compuesto por miles de personas que respiraban bajo un mismo cielo del atardecer y cuyo bullicio y barullo innato de la ciudad capital se fundían perfectamente para crear el latido del corazón de la urbe, profundo, ronco, múltiple y extrañamente hermoso.

Sus ojos pasearon por los tejados de distintas piezas de barro cocido o de lajas de diversos colores, encajando como puzles con la casa contigua, dándose cuenta de lo hermoso que había sido siempre su dominio, aunque no lo percibiesen, y justo ahora, que temía perderlo. Aquello era suyo, era como una prolongación más de sus ser en lugar de cómo muchos consideraban, una pertenencia material. La llama del sol decadente comenzaba a hacerle arder la vista, dejando la huella luminosa en sus párpados cuando al fin, decidió suspirar y cerrarlos. El mar, a lo lejos, más allá de los confines del reino, se tragaba al astro rey.

-¿Qué ha pasado hoy en la sala?

Reiteró, suavemente, cansado, dando la espalda a su reino para centrarse sólo en la figura de Salazar que se recortaba entre la oscuridad creciente del firmamento. Algunas estrellas, prendidas en el azul marino, empezaron a centellear junto a éste, acompañándolo en su pena y su revelación.

-Quieren destronarte antes de que siquiera puedas alcanzar el poder. Pero supongo que eso para ti no es una gran sorpresa.

El muchacho bajó la mirada, conteniendo la pena por tener finalmente confirmación a todos sus temores.

-Realmente no. Era algo que temía en el mismo instante en el que el consejo me negaba la entrada a sus sesiones. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme el por qué exacto de esta ofensa, aunque ya lo imagine.

Procuraba esconder todo rastro de sus emociones, como había sido enseñado, a pesar de la desolación que sentía treparle la espalda e instalarse en algún punto indeterminado a medio camino de su pecho y su garganta. Un nudo le impedía hablar con toda la serenidad que hubiese querido emplear en presencia de su padre.

Salazar juntó las manos en un gesto de concentración profunda, como si le costase un excesivo trabajo tener que poner en voz alta los pensamientos y los rumores que habían habitado en la mente de todos.

-Hace casi ya veinte años, cuando tu madre aún vivía y tu tío Vincent no había sido desterrado, la mordaz lengua de muchos actuales conspiradores susurraba en los rincones que su simple y noble amistad no era otra cosa que un secreto romance entre ambos. Tonterías, por supuesto.

Las manos del rey temblaron visiblemente mientras aferraba su antiguo anillo de boda, nervioso y azorado por la vergüenza de tener que confesarle aquello a Víctor, y la agilidad mental del chico en ese momento se encontró debatiéndose entre la evidencia de que parecía que en el fondo, al rey aquello no le parecía un hecho tan inverosímil, y su fidelidad y completa ceguera ante cualquier cosa que pudiese afirmar su soberano.

-Sea como fuere… hubo muchos rumores después del destierro de Vincent por traición a la corona y a tu nacimiento que ponían en duda…- Le tembló la voz.-en fin, la legitimidad de tu nacimiento.

El silencio les sobrevino a ambos. El rey, por lo general sobrehumano y envuelto en un halo de regia sobriedad estaba allí, ante él, con un apocamiento que nunca antes había visto. No conocía a su padre y por supuesto, su imagen de él era la que él había estado formando desde una niñez distante.

Trató de tragar saliva, pero la boca se le había secado. A pesar de la firmeza que creía tener, aquellas declaraciones, que no le eran del todo extrañas, en boca de Salazar le sonaron a sentencia de muerte.

-Pero eso es una acusación muy grave y no hay pruebas para afirmarla. Tiene que haber una manera de desmentirlo ¿no? Algo que nosotros podamos hacer. Han tenido que dejarnos alguna salida.

“Por desagradable que esta pueda llegar a ser.” Pues sin ninguna duda, si su padre (se negaba a creer que fuese de otra manera) no se la había contado aún, debía de ser algo terrible.

Bajó la cabeza, y de nuevo calculó sus palabras antes de pronunciarlas, procurando no mirarle directamente a los ojos, algo que Víctor no pudo evitar notar.

-Quieren que recuperes la corona de tu abuelo de su tumba en Amerista.

Comprendió entonces el desánimo de su padre y no pudo evitar lanzar una exclamación de horror ante lo terrible de la idea.

-¡Pero eso es completamente imposible!

Su padre le miró, entristecido, sintiéndose más viejo e impotente de lo que nunca se había sentido en la vida. Se acordó de su padre, Wendel, y trató de comprenderle en vano.

-Lo sé… y desgraciadamente, ellos también.

Tratar de recuperar algo de la tumba de un rey en Amerista era un suicidio, y todos allí lo sabían. Una vez se enterraba al rey con sus pertenencias, no había retorno. Uno veía alejarse a los barcos fúnebres con los largos estandarte rojos a los costados y podía estar seguro de que nunca en su vida volvería a verlos.

Víctor se dio la vuelta y contempló una vez más la ciudad, tratando de calmarse al respecto. Todo cuanto amaba estaba allí, a la vista de esa torre, y trataban de arrebatárselo sin que le pudiese luchar siquiera.

-¿Cómo han podido llegar hasta este punto? ¿Cómo se lo han podido permitir?... Eres el rey, y yo soy tu hijo. Nadie debería poder nunca cuestionar eso sin consecuencias.

-¿Es que estás cuestionándome tú ahora mi autoridad sobre el resto del consejo?

Preguntó Salazar con rudeza, incriminatorio. Víctor trató de rehacerse al instante.

-No, yo no quería…

-Pero tendrías razón.- Cortó el anciano al instante.- Soy viejo y pertenecemos a una familia que ha pasado por etapas muy duras para la nación. Es normal que tiendan a forzar un cambio de estirpe… puede que nada de esto hubiese pasado si Vincent no hubiese resultado ser un traidor, pero…-Se mantuvo un momento en silencio, para después mirar a Víctor con detenimiento, buscando alguna pista de lo que pensaba en su rostro.- pero los acontecimientos han resultado ser así. Sé que parte del pueblo cree también en esos rumores, y a mi parecer, tenemos la opción de bien no oponernos al consejo, lo cual sería prácticamente aceptar las habladurías como ciertas, aún sin declararlo abiertamente. Los hijos de los Moonshadow entrarían también a formar parte de los herederos al trono por proximidad a éste. O bien, oponernos a él, lo que probablemente provocaría una división en las opiniones del pueblo y en nuestras fuerzas. Estoy bastante seguro de que una mayoría de los habitantes de Riverstone se mantendrían fieles a la casa Silverblood, con rumores o sin ellos… quizás si…

-También… - interrumpió Víctor, apretando los puños.- también podría ir a por la corona de Wendel.

El rey lo miró, incrédulo, casi como si esperase que el muchacho en seguida se retractase de sus peligrosas palabras.

-Eso es lo que ellos quieren, Víctor. Quieren que salgas y mueras allá afuera para dejar un camino limpio a cualquiera de los dos hijos de los Moonshadow.

-Pero eso no causaría ningún daño a nuestro pueblo, no se fragmentaría a la gente, no sufriría como tuvo que sufrir con las guerras del Ópalo hace veinte años.- Exclamó Víctor, alzando la voz más de lo que el protocolo permitía, pero incapaz de retener aquella vorágine de indignación y la súbita marea de dignidad y honor que le inundaba ante las insidiosas y taimadas acciones del consejo. No podía permitirles salirse con la suya y difamar de esa manera a su padre y a él mismo.- Riverstone no se merece todo ese dolor de nuevo. No quiero ver a mi reino fragmentado, padre… pero sí me gustaría ver como ese consejo de ancianos se inclina ante ambos y reconoce nuestra soberanía. Limpiaríamos todas las traiciones, todos los errores y pérdidas que hubiésemos podido tener con sólo un simple gesto.

Su discurso le inundó los ojos de lágrimas y su garganta comenzó a arder con la retención del llanto. Aquella imagen utópica quizás era demasiado hermosa como para ser alcanzada algún día.

-Nunca nadie ha robado nada de un mausoleo real en Amerista.

Contestó simplemente Salazar. La brisa nocturna removía sus cabellos plateados ante la oscuridad que ya se había extendido por completo en el cielo, cubriéndolos, privándolos del doloroso ejercicio de mirarse a la cara mientras confesaban sus difíciles opciones.

-Yo no voy a robar nada a nadie. Cogeré lo que es mío por derecho, lo que se me ha exigido en prueba de mi linaje, que soy digno de llevar esa corona. Además… nunca nadie lo ha intentado.

El rey carraspeó para aclararse la garganta antes de contestar. No podía creer que Víctor pudiese considerar siquiera esa opción como algo viable.

-No lo han intentado porque es tan inútil como intentar capturar la luna. Simplemente no se puede, va más allá de la capacidad de un simple hombre.

El chico sonrió, en las sombras. Recordó todos los cuentos extranjeros que la madre de Mistral le había contado a escondidas, todas esas leyendas tan diferentes de sus propias creencias las cuales tenían a Amerista por un territorio sagrado y casi intocable. Quizás sólo fuese un pedazo más de tierra, aunque se negasen a admitir aquello.

-No soy un simple hombre sin más. Soy el último de los Silverblood, los forjadores de Arizasesh, la gloriosa, y además, soy tu hijo…- Se detuvo, inquieto, con la pregunta que quería formular arañándola la garganta y el pecho, pugnando desesperadamente por salir.- Porque eso es lo que soy ¿no, Padre?

El silencio de la noche se prolongó indefinidamente en esos escasos segundos, una paradoja torturadora y hermosa bajo la luz de una luna aún transparente en el cielo otoñal.

-Por supuesto.

Fue todo cuanto necesitaba oír para tomar la decisión que cambiaría radicalmente todo lo que tenía concebido en menta que sería su vida. Asintió lentamente y pensó en el largo viaje que iba a aguardarle.

-Pero eso no será suficiente para que completes el viaje con éxito. También necesitarás amigos que te acompañen, aliados, y no únicamente me refiero a esa virago que tienes por compañera de entrenamiento. Es cierto que todo el entrenamiento que has recibido sobre el combate es muy superior incluso al que recibí yo, y tus habilidades me sobrepasan notablemente desde en el momento en el que, a los dieciséis años, lograste desarmar a tu maestro.- Víctor desvió la mirada, turbado por el súbito halago que estaba recibiendo de un padre que nunca había mostrado la menor condescendencia con él.- sin embargo, eso no hará que regreses vivo de Amerista, y ni a mí ni a tu dominio les sirve para nada un príncipe muerto.- Una nueva pausa. Más larga, más oscura.- Ven conmigo. Creo que sé qué es lo que podría hacerte volver.

3 comentarios:

Carlos Javier Eguren Hernández dijo...

Me ha gustado mucho el capítulo. Creo que has cambiado un poco tu estilo para ponerlo de acuerdo al tono de la historia y la verdad es que has conseguido engancharme.

Me ha gustado el tema de la intriga política con el príncipe destronado y estoy a espera de ver cómo continúa.

Estaré aquí esperando el capítulo 3. Mucho ánimo y a seguir con la historia que está muy, pero que muy bien =D

Misery dijo...

Muchas gracias ^^
No me digas esas cosas que mira que me las creo... y es peor para el mundo XD
Sí, he cambiado algo, pero creo que es más porque todo lo que has leido mio tenía sus añitos

Maga de Lioncourt dijo...

Me gusta también y la historia cada vez promete más, con esa aventura a Amerista y todo lo que nos contaste en el prólogo y ya quiero saber que hay en medio.

Besos!!