lunes, 8 de agosto de 2011

Crownless #1

1. No lo he corregido.

2. A mi teclado, la "Q" le va fatal, por si ves que falta alguna.

3. Si no te gusta, no comentes, pero abstente de hacer comentarios desagradables, por favor ;) Ya sé yo que no soy ninguna revelación literaria.



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Los gritos se perdían en la oscuridad emergente de las profundidades de las mazmorras. Cada paso que avanzaban por aquellas escaleras de piedra, férreamente enroscadas, como una colosal serpiente sobre la columna vertebral de su víctima, en el pilar de la torre del ala oeste del castillo, el destino que les esperaba al final de aquel camino se volvía progresivamente inevitable.

Los guardias, inquietos, sujetaban y empujaban a aquella penosa figura, que a pesar de estar luchando con todas sus fuerzas, se veía incapaz de eludir la presa que habían hecho sobre él los hombres que días antes se arrodillaban a su paso y eran incapaces de mirarle a los ojos mientras le dirigían la palabra, pues el miedo les atenazaba como ahora sus ásperas manos a su supuesto soberano.

Su suerte se había invertido de tal manera que ahora, quienes podrían haberle permitido escapar de aquel tormento habían sido sus súbditos. Pero como él mismo, no mostraron especial misericordia y siguieron penetrando en aquella negrura de ultratumba lentamente, sintiendo como las sombras iban lamiendo su ánimo y sus esperanzas, que al parecer, temían a la oscuridad tanto o más que él y se quedaron aguardando en lo alto de las escaleras.

La contradicción de tiempo que se debatía en su desesperada alma le chocó. El viaje, a trompicones y por la fuerza a través del estrecho pasillo curvado de las escaleras se le antojó una eternidad donde cada exhalación agitada le llenaba los pulmones del escarchado saber del miedo, acompañado del los tambores de guerra que se habían alojado entre sus costillas, su corazón agitado. Sus pies descalzos se arañaban por cientos de escalones con los filosos bordes y las irregularidades de la hiriente piedra, y aún así, le hubiese gustado que el descenso, aquel terrible paseo de la muerte, se prolongase. Sin embargo, por eterno que pareciese, todo tenía su fin. Y para su sorpresa, no fueron las mazmorras su destino, sino aún más abajo, a través de una de las recónditas puertas que allí abajo, entre celdas y criminales, se hallaba una prolongación de aquella infernal escalera, pues la torre parecía hundirse, como clavada en las entrañas de la tierra, más allá de los límites de lo mortal en ese mundo.

Y allí abajo, al fin encontraron el final de las escaleras. Una amplia explanada de piedra oscura y húmeda por las contantes goteras que se derramaban por la punta de las estalactitas, enormes como los colmillos de alguna criatura que no obstante, habían logrado penetrar en la coraza de piedra del castillo y hundirse hasta allá dentro.

Sin más miramientos, una vez llegaron al centro de la estancia escasamente iluminaba por unas cuantas candelas, arrojaron a su noble cautivo al suelo.

Aunque la penumbra le dificultaba enormemente la visión, sino bien lo alterado de su ánimo contribuía más bien poco a mermar su ceguera, cuando se levantó, pudo reconocer a la imponente figura que se le acercaba. Su hedor a vejez y terciopelo, una vez, en su infancia, reconfortante, ahora le causaba repulsión y un respeto temeroso, a la vez que el impulso de rebelión que lo había conducido hasta aquel secreto rincón del castillo.

Tratando de incorporarse con la mayor dignidad y valentía que pudo recolectar en su temerosa ánima, pero uno de los guardias se inclinó hacia él para sujetarle un brazo y la nuca y obligarlo a caer de nuevo sobre su rodilla, en una especie de forzosa y humillante reverencia hacia la alta figura que se encontraba ante él, mirándole con disgusto en sus ojos celestes, casi ciegos allá abajo.

-Saludos, majestad...

Escupió el prisionero, sin poder levantar la vista hacia el rostro del anciano, sintiendo la presión y el áspero tacto de los guanteletes del guarda en la nuca, que a pesar de la insolencia del tono de desprecio del muchacho, no vacilaron ni un momento. Entonces, añadió, con mayor sorna, su parte final, con una especie de risa fúnebre.

-Padre.

El rey bufó, como ofendido por el uso de aquél término en boca de semejante individuo. Se mesó la barba, mientras sopesaba la situación, el haberlo pensado y el llevarlo a cabo eran dos hechos distantes el uno del otro, muchas veces la idea moría por el camino, pero llegados a ese punto, la idea de abortar aquella quimera habría supuesto un daño mayor a su nación, a su linaje. A él mismo.

Cogió al muchacho por la barbilla y le levantó la cara de manera que le obligase a sus vetustos y casi inútiles ojos, para poder verlo levemente, y no pudo reconocer en la fiereza y la ira de éste al niño que una vez había sostenido en sus brazos.

-¿En qué te has convertido, hijo mío?

Susurró, con un hilo de voz que parecía perderse desde sus finos y pálidos labios hasta entre las hebras de plata de su luenga barba. Y aunque las palabras a la mayor parte de los presentes, excepto a su hijo, les llegó como un débil siseo, si pudieron percibir una infinita tristeza en los gestos del rey y sus facciones, que pasaron de lo solemne a lo melancólicamente frágil y enfermo. Había sido el soberano de Riverstone durante tanto tiempo, y había vivido tantas cosas, que aquellas habían ido dejando poco a poco su dolor en los surcos de su cara y la claridad de sus ojos transparentes, tan distintos a los de toda su descendencia. Pero el perder a un hijo era, sin embargo, lo peor de todo cuanto había tenido que presenciar, y su alma perdía humanidad y vitalidad a cada segundo que los ojos verdes del chico parecían alimentarse de ella con una furia y una avidez sedienta.

-No... ya no eres mi hijo. No eres digno de la sangre que corre por tus venas, Vincent.

El muchacho le escupió a la cara, aprovechando la distracción de su padre y su posición, y un par de fuertes manos le derribaron al suelo de un golpe, con una sonrisa en la cara. Mientras sentía cómo los golpes chocaban contra su carne como en un mal sueño, desde un espantoso y aterrador distanciamiento onírico, percibía su voz jadeante y entrecortada reír.

-¡Basta! Levantadlo.

Ordenó el soberano, limpiándose el rostro con la gruesa manga de la túnica de terciopelo.

-¿No reconoces los productos de tus propias decisiones despóticas? ¡Tu sangre es veneno, padre! Y ni yo ni Salazar somos otra cosa que los esclavos de su podredumbre...

El sonido del bofetón resonó contra las paredes curvas de la caverna subterránea, rebotando y volviendo a ellos en decenas de débiles ecos que mantuvieron el dolor del momento vivo por unos instantes más de lo que el rey podía soportar. Dio un paso atrás y se miró la mano, como si no fuese suya y no la reconociese.

-No debería mancharme yo las manos contigo. No tienes ni idea de lo que nuestra familia ha llegado a hacer por este reino, por esta tierra. Nuestro dominio debe permanecer aún a costa de nuestras propias vidas.

A cada palabra que pronunciaba, parecía recuperar la frialdad y la fuerza que había tenido en el primer momento, cuando aún no había mirado a los ojos de su hijo Vincent.

-No voy a dejar que tú corrompas todo aquello por lo que alguna vez tus antepasados trabajaron. Que rompas la unidad del reino y que manches el nombre de todos lo que una vez te amamos, Vincent. Salazar, acércate.

Una figura vestida con las vestimentas rojas propias del luto en las septentrionales tierras de Riverstone permitió que la luz de las débiles llamas de las lamparillas se reflejase sobre su silueta, entrando en el círculo de luz que formaban en el centro de la sala.

-¿Tú también, hermano?- Preguntó Vincent, levantando la cara, al principio, con más desolación que cualquier otra cosa, pero de nuevo, la rabia eclipsó toda muestra de su terror para preservar su orgullo- Siempre has sido su perro, Salazar...

-Vincent,-Le costó continuar, presionado por la mirada de su padre, como una flecha directa a todo atisbo de su sentimentalismo por aquel que había considerado siempre como más que un hermano, un amigo del alma. Trató de reponerse, de no mirar a su progenitor y decir las palabras de compasión que luchaba por no tragarse por cobardía.- deberías disculparte con Wendel, que antes que tu padre, es tu rey. Sabes qué pecados has cometido y que debes de pasar penitencia por ellos. No nos obligues a que sea más excesiva de lo que el caso merece...- Vincent no contestó, le miraba como si viese a través de él, una sombra bailarina en las paredes, un fantasma de su hermano. La cara empezaba a enrojecerse por los golpes de los guardias y la propia bofetada de su padre. Un fino hilo de sangre corría por sus labios cortados que tan acostumbrados estaban a sonreírle sardónicamente al mundo.-Por favor...

Y ahí estaba, centelleando en la oscuridad con una blancura demoníaca y un brillo en esos ojos verdes, que a pesar de provenir de distintas ramas familiares, les unía a ambos hermanos con una perfecta ironía del escabroso sino, su sonrisa.

-No.

Dijo, simplemente. Y aunque no reía, no le hizo falta. Parecía haber perdido por completo la razón de todos modos por aquella expresión. Sabía qué iba a pasar aquella noche y no estaba tratando de impedirlo, sino de precipitarlos a todos al abismo con él.

-Vincent, por favor...

Comenzó de nuevo Salazar, perdiendo las maneras y gesticulando en dirección a su hermano, como si tratase de sujetarlo y de despojarle de aquella súbita enajenación que el estaba nublando su por lo general, brillante juicio. Sin embargo, Wendel lo detuvo con el brazo, golpeándole en el pecho.

-Un príncipe nunca suplica a nadie, Salazar. Menos un futuro rey. Vincent ha sellado él sólo su destino y eso es algo que nosotros no podemos cambiar. Esto no es sólo un capricho de mi voluntad, y no será en vano...

Los guardias volvieron a sujetar a Vincent y obligarlo a arrodillarse en el suelo, con la cara baja, en dirección al suelo para que no pudiese ver como más figuras, de entre las sombras, salían prendiendo largos cirios blancos con el fuego de las lámparas. Cubiertos de seda roja, hombres y mujeres, de tal manera que eran iguales los unos con los otros, incapaces de distinguirse sus rasgos, caminaban trazando un círculo alrededor del centro y de la familia real que allí había reunida, en silencio, ejecutando el papel que se les había dado, trazando, mientras se arrodillaban en el suelo y con un puñado de sal blanca, símbolos antiguos en lenguas que ya nadie conocía a sus pies, en algún tipo de rito inmemorial.

El olor de la cera caliente comenzó a inundar la estancia.

-Qué sabrás tú lo que es el destino y lo que es tu capricho, si siempre usas al primero como excusa de lo segundo... el pueblo no tolerará a un asesino, el ejecutor de su propio hijo en el trono.

Wendel desenvainó lentamente su espada, Arizasesh, dejando que el reflejo de las llamas lamiera su superficie de metal de un tacto casi líquido, perfecto, brillante, caliente y vivo. Porque todos sabían allí que había algo especial es la espada emblema de Riverstone. La “gloriosa”, la llamaban, pues con ella, era uno imbatible, se decía, y el corte de su hoja era sinónimo de la justa muerte que sufren los villanos y enemigos de la patria.

No podían siquiera comprender como él la magnificencia de aquella espada, y la sabiduría que esta albergaba. Era algo más complejo que todos ellos, algo eterno que mientras estuviera a su servicio, no dejaría al reino hundirse en la miseria, a pesar de las guerras continuas que habían estado sufriendo... y de todos modos, en aquellos días, no le parecía que fuese suficiente. En parte, por eso se encontraban allí.

-No sabes nada de mi ni de tu propia historia, quizás ni siquiera sepas que no eres digno de la tarea que vas a cumplir esta noche. Puede que tu sangre de bastardo real no llegue a comprender nunca el servicio que ha de tener que hacer para con este mundo que te rodea y del que crees comprender algo.

La hoja de Arizasesh dejó escapar un fuerte sonido, extrañamente musical, al chocar contra la roca del suelo, quedando a la vista de Vincent, que soltó entre dientes lo que bien podía ser o una risa o un sollozo, pero no dijo nada.

La letanía de cantos comenzó a elevarse lentamente, repetitiva, hechizante y macabra, entre los vapores que igualmente flotaban en aquel hueco entre las entrañas de la patria que les había visto nacer a todos, y que en ese momento, a uno de ellos iba a contemplar morir.

Una de las figuras encapuchadas de rojo avanzó con lentitud hasta el rey, como si temiese romper el ritmo de los cánticos que habían comenzado ya para preparar el aire de la sala en propicio para el ritual que se disponían a realizar. Tendió un bulto envuelto en fina tela blanca hasta Wendel, y este lo recogió procurando no tocar las inscripciones arcanas tatuadas en las manos de su anónimo súbdito, como si temiera que le contaminase con aquel sinsentido mágico al que en esos momentos no le quedaba más remedio que recurrir.

La cobertura inmaculada cayó al suelo, revelando una espada idéntica a Arizasesh. Una misma empuñadura con las mismas esquirlas metálicas rodeando la hoja. Las mismas filigranas metálicas, los mismos trazos y dibujos recorriendo cada centímetro, cada cuidado detalle en su empuñadura, fruto gemelo de la que era la joya de la familia real de Riverstone, los Silverblood.

Tendió esta nueva espada a Salazar, que la aceptó entre sus manos, reticente y tembloroso, pero empujado por el miedo y la responsabilidad a acometer su terrible y mediocre papel en aquello, sin entender del todo el porqué.

Wendel comenzó a rodear la figura de su hijo arrodillado en el suelo, tratando de grabar cada detalle en su memoria, con sufrimiento y una nostalgia que amenazaban con hacer estallar su ajado corazón, a pesar del sentimiento del deber y el honor familiar. Las palabras que pronunciaba no casaban con el transcurrir de sus pensamientos.

-Vincent Silverblood, has sido una decepción y una deshonra para el apellido que te fue dado a pesar de lo dudoso de tu procedencia materna. Has atentado contra nuestro buen nombre, has robado a tu hermano y has renunciado a tu padre. Por ello, se ha decidido que por el bien de la preservación del reino y del linaje, debes morir hoy aquí. No obstante… no será una muerte en vano. Debes de estar, incluso ahora, orgulloso de ello.

Un leve temblor recorrió la espalda de su hijo mientras Wendel, recuperando por unos segundos lo imponente de su figura de juventud, de héroe bélico y caballero sanguinario para con el enemigo, de tantas noches en las que la sangre de sus contrincantes había teñido la luna de rojo cuando emergía de entre el fluido que enfangaba los campos de batalla. La impronta de aquel fantasma anterior empuñó la espada que colocó al cuello de su hijo y apretó contra su carne, cortándole el aliento. Una solitaria gota de sangre brotó y se posó en la hoja, como esperando.

-¿Preparado para recibir a la muerte?

Con la voz cortada por el terror que clavaba sus alargados dedos en el pecho del joven arrodillado, su cordura estallando a gritos en el interior de su cabeza y el sentido del honor predominando en aquel último instante, habló, incapaz de retener las lágrimas.

-Que así sea.

Y sintió como el filo de la hoja de metal se deslizaba limpiamente por su cuello, segándolo de parte a parte, derramando entre lamentos mágicos y vapores soporíferos, su sangre por entre el oscuro corte y la blanca piel del moribundo príncipe de Riverstone.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Felicidades por conseguir el primer día de maratón!

Me ha gustado bastante el desarrollo del prólogo para Crownless, así que espero, desde las sombras y con especial devoción, el avance de tu fantástica historia.

Brindo por tu reto alzando mi taza de Batman muy alto y deseándote muchísimo ánimo, Lady Misery.

Carlos Javier Eguren Hernández dijo...

Hola, Misery =D

Has empezado muy bien la historia. Me ha gustado. Has caracterizado bien a los personajes y sirve de buen preludio para el primer capítulo (que leeré esta noche, sin dudar).

Muchas gracias por compartir esta historia con nosotros y mucho ánimo con ella =)

Maga de Lioncourt dijo...

También me pareció muy bien!! Está muy bien narrada y te atrapa enseguida. Tiene algunas cositas por corregir que ya notarás cuando te pongas a ello :-)

Fantástico comienzo del maratón!! Besos!!

Misery dijo...

Carlos Javier: ¿¡Tú también tienes taza de Batman!? ... *Gesto de respeto*
Muchas gracias por la calurosa acogida, no me la esperaba, casi me dan ganas de poner todo lo que he escrito aquí en el blog, pero no quiero que la gente sufra innecesariamente por mis esporádicos momentos de optimismo literario xD


Maga: Gracias ^^
La verdad es que con las correcciones soy una vaga de cuidado...