jueves, 6 de mayo de 2010

Gatsby

Debería terminar el capítulo segundo de Old Glory a la de ya... (Y no estaría de más que le encontrase un nombre de verdad, todo hay que decirlo... es impresionante que no me intimide escribir una saga de tres libros y que en cambio, encontrar un título sea la cosa más difícil del mundo para mí...supongo que no sé resumir todas las impresiones que me causan tantos personajes, tantos lugares y tanto tiempo con ellos en unas míseras palabras).
El boceto de Susan me está mirando desde una esquina con su único ojo, culpándome... y ni siquiera le he terminado las botas... (Acabo de añadirle reflejos azules en el pelo negro, como si fuese una disculpa por no escribir mucho de ella y Nathan).
No sé si no escribo cosas serias aquí por miedo a hacerlo mal y no expresarme con claridad o por si es miedo justo a lo contrario, a que me entiendan. En teoría de la literatura el otro día hablaron de ello, del miedo a la intimidad que casi todos sentimos y en las múltiples cosas en las que nos escudamos para no dejarnos conocer ni nunca llegar a conocer a los demás.
Evidentemente, cuando lees a alguno de esos personajes con reticencias a usar métodos o comportamientos determinados que saben que les beneficiarían, todos pensamos, inequivocamente "Que idiota, sólo tiene que hacer tal y será feliz". Pues bien, en algún momento terminamos viendonos reflejados en ellos. Nunca hacemos lo que debemos, o rara vez, porque mientras que en la concepción infantil de la vida y las películas, todo es horriblemente sencillo, en el día a día, no solemos darnos cuenta de nuestras propias trabas hasta que nos damos de bruces contra ellas. Quizás puede que sí que tenga un poco de pánico a que la gente me conozca bien.
Y también puede que por eso me escude más de lo necesario en mis historias y mis personajes (no lo digo en serio, nunca se tiene demasiado de ellos, pero a veces hay que bajar en visita de rigor a la vida real y solucionar ciertos asuntos). Cuando vemos el miedo de Daisy en el gran Gatsby a decidirse, a tomar las riendas y la decisión por Gatsby o por Tom, cuando tú, en tu propia visión romántica de la historia la estás insultando e instándola a que escoja a Gatsby (SPOILER, por cierto) ella recula y se va con Tom Buchanan. Esas cosas las hacemos nosotros constantemente.
Sabemos que queremos, que nos haría felices y que no, y a veces dejamos de buscarlo por el miedo al dolor, al fracaso y, a veces, al propio triunfo ¿por qué demonios somos así?
Sabemos que podemos, físicamente al menos, sí. Y no lo hacemos, no escogemos a Gatsby, no salimos, no intentamos buscar editoriales, no hablamos con la gente que se sienta a nuestro lado en clase porque nos aterra tanto el fracaso como la victoria.
Y es una contradicción absurda.
Así que supongo que en cierto modo, no es tan raro que me escude en mis estupideces del blog y que me niegue a decir como me siento en realidad.
Sólo me incumbe a mi y quizás, a algunos de mis personajes, que reflejan con demasiada frecuencia como soy, mezclado de manera indivisible con como son ellos por derecho propio.
Algún día tengo que hablar de ellos aquí. No sé como se les puede querer tanto, pero se puede.
Y como creo que viene en El retrato de Dorian Gray, lo que un artista más teme es que en su obra, la gente sea capaz de ver su alma reflejada, desnuda, pues al escribir, mostramos más que nunca nuestra esencia.
Y tras este aburrido monólogo, me comprometo a volver a las estupideces por lo menos un par de posts más. En ese campo soy una reina sin corona y estoy orgullosa.

No hay comentarios: