lunes, 31 de mayo de 2010

Todos sabemos que estáis aquí por Julia

Ayer fue llegar, tocar, abrir la puerta y ver a Sergio subiéndose los pantalones, mientras yo decía "Holaa..." pero en realidad pensaba "¡¡¡Oh Dios mío, estaban follando EN MI HABITACIÓN DE NUEVO HACE SOLO UNOS SEGUNDOS!!!"
Tras reponerme del Shock... he tenido sesiones intensivas de amor de pareja... señor, como odio el amor...
Soy una especie de Grinch de San Valentín... robaré todas las cajas de bombones del corte inglés el año que viene. Pero yo no me arrepentiré.
La estoy escuchando ahora mismo quejarse por teléfono a Sergio de que tiene una herida en la boca y no quiere ir a su casa en el autobus de las tres y media porque tendría que comer bocadillo en su casa y ESO NO PUEDE SER, porque a ella no le gusta comer bocadillos.
Oyoyoyoy Madre mía del amor hermoso, pobrecilla ¿No? ¿Cómo va a vivir ahora con su herida? ¿Cómo reaccionará su sistema inmunológico al bocadillo? (Sarcasmo ON)
En serio, que se queje por esas cosas y la escuche yo me mata, es lo que tienen los cambios de canción, que la escucho. Que enemistad más bonita tenemos...
Desde que ya no la amenazo con que Gonzalo aparecerá desnudo algún día en la puerta confesándole su amor, no me respeta...
Por cierto, me estoy dando cuenta de que cuando hablo tengo Epic fails por todos lados... Desde lo de "Dame el polvo para que limpie el trapo", ese memorable momento de incomodidad y lapsus lingüístico... ha sido acompañado por cosas como "Lo que más turba del asunto..." (Leedlo en voz alta si no lo pillais) o "No, si yo me lo trago todo" (Si te dicen si tienes buen comer, cuidado con las respuestas...).

Conclusión: Yo cuando hablo NO pienso. Y siempre acabo soltando algo de esto. Viva tú, Marta.
De todos modos sé que los que leéis esto lo hacéis por Julia, que es la estrella de mi blog, ansiosos por saber más de ella y su vida, cada pequeño detalle, como que se quita el bigote con la cera de las piernas y casi se lleva el labio superior en la banda o que he vuelto a despertarme con un hombre en calzoncillos durmiendo debajo de mi litera..
Tiene carisma natural, yo lo sé... No me queréis nada.

Y para terminar, una noticia triste. Se nos va Nando de vuelta a casa el año que viene...
No voy a hacer chistes con esto porque eso, es serio. Espero que se mal acostumbre al messenger y nos visite mucho, que si no...

miércoles, 26 de mayo de 2010

The Edge of Paradise

Mi banda sonora de American McGee's Alice está combatiendo valientemente contra el David Bisbal de Julia, que está a todo trapo...
Estoy deseando tener mi propio cuarto para poner MI música y no escuchar a ese engendro salido del averno que es Bisbal. Todos lo sabemos, eres un rancio poco original. Tanto hacerte mía, hacerte mía... rancio, más que rancio ¬¬
Al menos podía cambiar la canción, que es la misma siempre, tanto Al-Andalus...
(Sí, es que mi música no tapa del todo la suya ... creo que necesito dethklok para taparlo por completo antes de que caiga muerta sobre el teclado...)
¡Ahora sí vuelve mi yo optimista!
Y no debería, porque he apoquinado dinero este mes como nunca antes...
Y el muy zorro de mi padre tan a gusto en su casa, con su ordenador y sus páginas porno en favoritos ¬¬
¡Hazte responsable de una vez y págame los estudios, listo! Si no quieres ahora, habertela pillado con una pinza.

Dejando de lado el pronto tonto este...
Que sí, que estoy activa. Tengo una beca que conseguir, mucho que estudiar, mucho que leer, pero el deber es el deber, tenemos casi un piso precioso y probablemente a mi me espere un mes de trabajito este verano para pagar Agosto. Al menos, viviré viendo series cuando no esté sirviendo a guiris en una terraza ¿Y el ejercicio que voy a hacer corriendo de un lado a otro con la bandeja? (Sí, ya me veo yo de camarera...)
Aún recuerdo el calor que pasé en su día trabajando de camarera, que llegaba a mi casa medio-desnudándome por las escaleras xD (Detalles indecentes sobrantes ¿verdad?)
¿No adorais a Roy Khan? Pedazo de voz que tiene este hombre...
Acabo de recordar otro proyecto más para el verano. El foro de Steampunk. Ya tengo a Russell preparado, por si acaso.
Que de cosas por hacer en tan poco tiempo. Más me vale ponerme ya, y dejar de vaguear en el blog...


*Anécdota porque sí :D*

Marta: Vamos a comer ¿No, Julia?
Julia: Venga, vamos...
[Me levanto, voy hacia la puerta y me apoyo en el marco, esperando, cuando escucho como Julia gruñe]
Julia: ¡¡GÑPH!! ¡¡Y LA POLLA QUE NO ME CABEEEE!!
[Me asomo a la puerta y veo que está intentando ponerse la zapatilla]
Marta: ¿Te acuerdas de lo que te dije de no decir nada de pollas con el verbo "comer"?
Julia: Ajá
Marta: Tampoco deberías con el de "Caber" cuando la gente no sabe qué estás haciendo...

I know I'm selfish, I'm unkind

"¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil
que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y
hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como
en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la
metafísica."
Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se
puso a leer.

Oscar Wilde-El ruiseñor y la rosa

Estoy con él, desde luego. Hoy tengo ganas de arrancarle a alguien la garganta de un tirón.

La canción del título, Every you, every me-Placebo

PD: Tras ver las erratas... nunca escribais un post a oscuras y cabreados. Es un consejo de amiga xD

lunes, 17 de mayo de 2010

The Horror!!

"Si algo anunciaba lo que sería el infierno , eran las charlas radiofónicas...y la familia."

JOE HILL-El traje del muerto-

Que bien pone a la familia Joe Hill... que por cierto, es el hijo de Stephen King, el chico al que está dedicado el resplandor. Mi hermanastro, como le llamo comunmente, yo y mis delirios de ser hija secreta de Stephen King... Supongo que ya comentaré por aquí que me pareció su libro cuando lo termine. Debería tardar menos, pero los astros se han alineado para traerme a Dámaso y a la morfología a la vez, y aquí estoy, haciendo un alto con Blind Guardian, ahí, fiel...
Hablando de grupos fieles e inspiradores, Dami me acaba de comentar que Wishmaster, de Nightwish está inspirado en Raistlin y Dalamar, de hecho, dicen muchos nombres de la saga de Dragonlance en la canción. Todos los días aprende una algo nuevo.

Bueno, y sigo sin escribir... teniendo el cuenta la de cosas que tengo que hacer, normal... Y los exámenes se acercan a una velocidad aterradora... me hace recordar el final de Apocalypse Now y Marlon Brando con su "The Horror!!".
Lingüística y teoría me asustan especialmente, pero este año hay que ponerse las pilas y hacer lo posible por sacar todo adelante de un modo u otro... igual si le compro un jamón a Becerra se decanta en mi favor... soy maja...

De nuevo he ido a patinar esta tarde sin calentar... mañana me voy a reír mucho de nuevo, me temo...
Pero por suerte, junto a los exámenes, viene el calor, ir en manga corta a todos sitios, los helados y el tumbarse a leer en la terracilla de la residencia, a sentir la brisa en la cara y salir un poco de la batcueva (Son motivos que suelen ser contraproducentes para estudiar, pero bueno, me esforzaré, o al menos, eso digo por aquí ahora que sé que mi madre tiene la dirección xD) .
Al final haré el post de Frankenstein Vs Drácula antes que Gonzalo/Princesa Consuela Banana Hammock, al paso que lleva.

PD: Sí, debería ponerme más con los libros de literatura, sin embargo ¡una necesita descansar, caray!
PD2: Al que haya dicho "¿Descansar de qué?" le pego.
PD3: Quién lo haya dicho, que me lo deje por comentarios...


miércoles, 12 de mayo de 2010

Y como no tengo ganas de calentarme la cabeza...

Pues eso, no tengo ganas de calentarme la cabeza y ponerme a contar algo mínimamente interesante, misión en la que suelo fracasar la mayoría de las veces, así que pongo el capítulo uno de Old Glory porque sí, porque me apetece y porque, aunque sea un ascazo terrible y profundo, es mío, y debo de quererle mucho, como se quiere a los hijos feos, que dices "Bueno, es bizco, pero si los dos ojos mirasen a la misma dirección... tendría los ojos de su madre :') ". Y bueno, hay que ser valiente. No todo lo que escriba va a gustar a todo el mundo (de hecho, no gustará más que a Silvia (ains, que haría yo sin tu apoyo incondicional) y a mi... pero a Silvia le gustó Solomon Kane y eso me preocupa...) así que, a apechugar. Tened una cucharilla a mano para sacaros los ojos y eso...
PD: No, no corrijo mis textos casi nunca. Soy muy vaga.
PD2: Esto tenía un prólogo por algún lado, pero no me gustaba mucho...
PD3: Sigo sin encontrarle un nombre...

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Capítulo uno: Padre

Cuando el sermón de la tarde terminó, el sol ya había comenzado a descender sobre el suelo caliente y yermo de Old Glory, sembrando su luz rojiza, sanguinolenta, sobre los estériles campos de arena dorada alrededor del pueblo, reflejando sobre la tierra el fuego interno que poseía, como si hubiese prendido las casas con la luminiscencia anaranjada que desprendía, inofensiva, pero aún así, inquietante.
Las largas sombras de los parroquianos se mantenían estáticas en el suelo de madera de la iglesia, como dibujadas con carbón, mientras Susan Walters las observaba de reojo, distraída y aburrida como estaba por la larga letanía de pecados y paraísos aún desconocidos, pero sí temidos, por ella. Intentaba adivinar a quien pertenecía cada una.
Casi todos los habitantes habituales del pueblo se encontraban allí, imperturbables, pálidos, solemnes, con la cara baja y lo ojos clavados en los lustrosos zapatos negros
No todos estaban sentados, como lo estaba Susan, por supuesto. El edificio no había estado pensado, en principio, para albergar a tantos devotos, por lo cual, muchos de ellos, los simples trabajadores, se mantenían en pie, rectos, pegados a la pared, con una expresión difusa y lejana en sus ojos nostálgicos y empañados.
Los bancos de madera de ébano eran para los dirigentes del pueblo, y en primera fila, junto a su padre, era donde estaba Susan, justo frente al sacerdote. Hacía rato que había dejado de escucharle y había perdido el hilo, pero tiempo más tarde, después de aquel día, tendría casi la completa certeza de que el Padre McMilan estaba leyendo el apocalipsis.
La vidriera dejaba gotear sobre ellos el resplandor rojo, lentamente, con suavidad y la calidez de una luz moribunda, mientras el párroco seguía leyendo desde el atril el pasaje de la biblia escogido para aquel domingo. Su cara era pálida y sus ojos, oscuros, brillaban intensamente al pasar por las páginas del tomo ajado. Envuelto como estaba en los ropajes negros y con el alzacuello, a la niña le parecía un enorme cuervo presidiendo la silenciosa estancia, sólo perturbada por el potente sonido de su voz grave, tan abrumadora y cargada de fe que a Susan le parecía que era el mismo Dios quien estaba recitando el transcurso de su obra ante ellos. Hacía tiempo, había sentido miedo hacia él, sin embargo, a medida que su contacto había sido forzadamente más prolongado, el temor se había vuelto un respeto profundo, como si el párroco fuese precedido de toda la retahíla religiosa, inherente a su persona, ante los ojos de Susan.
Ella estaba sentada justo al lado del pasillo central, alfombrado en rojo oscuro, lanzando nerviosas miradas al portón abierto a la calle durante el sermón, esperanzada de poder salir cuanto antes de aquel sopor en el que el incienso y las palabras de McMilan se unían como una fórmula pegajosa y dulzona, adormeciendo su mente. A su lado, su padre miraba al frente, directamente a los ojos de McMilan, carente de ningún signo de temor, al contrario de su hija. Edgar Walters era un hombre fibroso, alto y de una delgadez engañosa, pues no era, de ningún modo, un hombre frágil. Estaba ligeramente echado hacia delante, con las manos unidas y los codos prácticamente apoyados sobre los muslos. En su cara había algo, un destello febril, que a la niña le hacía inquietarse siempre que acudían los domingos a la misa de la tarde. Sus ojos azules no se apartaban un instante, hasta el punto que McMilan jamás miraba en dirección a la primera fila, sino que mantenía la vista pegada a la Biblia, o únicamente lanzaba una mirada peregrina al fondo de la iglesia.
El traje negro de Walters no era lo único que delataba su buena posición, sino también el anillo de plata que llevaba aún en el dedo, pasados dos años de la muerte de Emmeline, su esposa, la madre de Susan. Antes de ello, nunca había sido un hombre religioso, e incluso se permitía el lujo de priorizar un juego de cartas que los asuntos de la fe en un domingo, sin embargo, una vez muerta y enterrada Emmeline en la tierra revuelta del pequeño cementerio de Old Glory, comenzó a actuar de manera cada vez más reservada y silenciosa, además de frecuentar la iglesia a menudo.
Su mirada sedienta de fe quemaba, abrasaba a todos los que una vez habían estado cerca de él con la escarcha que había recubierto su alma. Su hija no podía entender cómo podía encontrar tal contraste en su padre, tan frío con los demás, de alguna manera con el corazón tan gélido como si su pecho, entre sus costillas sólo albergase una piedra negra y muerta. Pero cada vez que pisaba la iglesia, la mirada ausente se volvía enfebrecida, vivaz, tratando de adivinar en aquellas paredes, en aquella vidriera pintada de la virgen la presencia de su esposa muerta, porque el hecho de que aún estaba enamorada de ella no era un secreto para nadie en Old Glory.
Ni siquiera para Mariah Cleremont, que ahora miraba a Edgar de reojo, junto a su marido. Susan balanceó las piernas ligeramente bajo el encaje de su vestido blanco, sin ser lo suficientemente mayor como para entender exactamente las intenciones de Mariah y a la vez, las de su padre.
Morgan Cleremont era quien se encontraba sentado junto a su padre. A penas tenía veinte años, pero ya había demostrado ser un hombre lo suficientemente capaz como para administrar junto a Edgar Walters la dirección de Old Glory. Hacía unos cuatro años que había llegado desde la capital en uno de los carros de comercio, buscando la manera de ganarse la vida allí, y pronto había despertado la simpatía de Edgar, que había contemplado con asombro las capacidades intelectuales del muchacho, con sólo dieciséis años, y le había conseguido introducir de administrativo en el ayuntamiento del pueblo, y en el momento actual, se podría decir que Morgan era además, el único amigo con el que Edgar se permitía el lujo de entablar una conversación. Generalmente solía ser de teología.
El último miembro de la primera fila era Jake Winston, que permanecía echado sobre el respaldo del banco, con los brazos cruzados sobre el pecho en actitud ligeramente irrespetuosa, con el único ojo que podía vérsele clavado en la imagen de la vidriera, mientras el otro permanecía oculto por su cabello castaño claro, casi rubio. Era el hermano de Mariah y además, el jefe de la policía, el alguacil del pueblo, además de una especie de juez, a pesar de que no había un proceso jurídico perfilado en Old Glory, más allá de la ejecución en el mismo acto del crimen si conseguían atraparte. También dependía de la falta. A veces, si el crimen era lo suficientemente insignificante, alguien podía librarse con una semana en la celda. En cambio, si era algo de una gravedad superior... bueno, tenían un sitio para eso.
Si a alguno de los hombres de Jake se le iba la mano con un criminal, solían llevar los restos hasta el Ojo de Cuervo.
El Ojo de cuervo era una especie de depresión en el terreno del desierto más cercano al pueblo, lo suficientemente alejado para que no pudiese divisarse desde allí, pero no lo suficiente como para tardar más de una hora a caballo o en carreta. En aquel lugar se solía atar al cadáver (o al próximo cadáver, algunas veces) en el poste que lo presidía, para que los cuervos picoteasen sobre la carne putrefacta y los perros salvajes dejasen limpios los huesos. Puede que hasta hubiese Coyotes* allí, sin embargo, era otra historia por contar…
La mayoría de las veces, en el transcurso de un "proceso jurídico" y otro, todo resto del anterior juzgado había desaparecido del poste.
De todos modos, incluso Susan sabía, a través de las habladurías de las criadas de la casa Walters, que Jake era quien decidía en muchos casos quien vivía y quién no. Sentado junto a su hermana, permanecía con una profunda expresión de tedio en el rostro, apartándose constantemente el cabello largo y lacio del lado izquierdo de la cara. La niña, intrigada, trató de inclinarse lo más disimuladamente que puso hacia él... Desde allí podía ver el lado derecho, tapado por un largo mechón de pelo claro. Trató de distinguir algo, algún destello del brillo muerto de su inútil ojo derecho. También había escuchado hablar de eso a las criadas, de por qué Jake Winston era llamado con el sobrenombre de "Twisted-eyed* Jake", y en alguna ocasión, en un descuido de este, había podido entrever su vergüenza.
El ojo derecho de Jake no sólo era ciego, con el iris de un azul claro, casi blanco, que denotaba lo inservible de éste, sino que también estaba fijo, como si continuamente estuviese mirando de reojo a quien se encontraba a su diestra. Era por eso que tenía el pelo largo, quizás para intentar con relativo éxito ocultar esta pequeña discapacidad visual que tanta curiosidad despertaba en Susan.
De repente, éste se volvió hacia ella, sintiéndose observado, con una mirada sorprendida y ligeramente hostil en el brillo de su único ojo capaz. La niña se apresuró a agazaparse rápidamente contra el respaldo del banco, lo más recta que pudo, con la mirada bien al frente, sintiendo una punzada de terror.
Sintió como bufaba casi imperceptiblemente, mientras se atusaba el pelo, para asegurarse de que su ojo se mantenía oculto con nerviosismo. Y es que quizás Jake hubiese sido un hombre muy atractivo de no ser por el detalle, esa asimetría en su rostro, del ojo que le había merecido un sobrenombre.
Susan se arrebujó un poco contra su padre al escuchar movimiento en el banco, creyendo que probablemente, había ofendido a Jake. Antes no le habría tenido miedo, pues su razón infantil en desarrollo la apremiaba a pensar que su padre, siendo como era, el cacique del pueblo, no le permitiría hacerle el menor daño a su hija. Sin embargo, desde la muerte de su madre, ya no las tenía todas consigo acerca de la importancia que su padre le daba. El alivio la invadió al comprobar que el que se había inclinado hacia ella era Morgan, sonriéndole, afable, y ella le devolvió la sonrisa, a su vez, volviendo a balancear las piernas sobre el suelo de madera que no alcanzaba a pisar. Morgan no le daba miedo en absoluto, y ya había pasado tanto tiempo acostumbrada a verle merodeando por su casa que le consideraba una especie de compañero de juegos, una fuente inagotable de historias del Norte, de la capital, de donde él venía, y en cierta forma, un apoyo como compensación del vacío que su padre y su madre habían ido dejando.
Cuando le vio por primera vez, ella tenía seis años y no recordaba exactamente todos los detalles. Simplemente conservaba el extracto de un recuerdo de un cuento árabe, exótico, casi como el aroma del incienso en ese momento le recordaba a su madre, la textura de ese recuerdo era lo que más asociaba a Cleremont.
El cómo el joven había llegado a asentarse de tal manera en tan poco tiempo era un misterio para muchos, pero había llegado a echar allí raíces y a prosperar como si la tierra de Old Glory le hubiese acogido en su seno con los brazos abiertos. Al año de estar allí, se había prometido con Mariah Winston y ganado el respeto de su crudo hermano. En definitiva, había logrado hacerse en lugar importante entre los más influyentes de Old Glory sólo con su carácter vivaracho y extrañamente sabio, a pesar de su juventud. Actuaba como si comprendiese algo que a los demás se les escapaba de entre los dedos cuando justo empezaban a entreverlo... Edgar siempre supo que tenía una gran ambición y una chispa de algo especial en los ojos pero, tras la muerte de Emmeline, había perdido casi todo el interés que hubiese podido albergar por esa cualidad especial del joven. Hasta esa misma noche, no sabría lo mal que había hecho ignorando ese brillo en la persona del muchacho.
Las campañas sonaron, atronadoras, en la sala, anunciando el final de la misa, inundando todo con su potente resonar.
-Podéis ir en paz.
Pero no era paz precisamente lo que había en la mente de los feligreses ese día. Ted Brightman, uno de los trabajadores de su padre, un hombre especialmente sumiso y bonachón, con un cierto aire de perro ovejero, que había estado de pie contra la pared durante toda la misa, se acercó con respeto reverencial a Edgar, calculando bien con su mente sencilla las palabras y los asuntos que debía de tratar con su jefe.
Detrás, Nathan, su hijo, a una distancia prudencial observaba a ambos hombres, desviando ligera y tímidamente de cuando en cuando hacia la niña con la ternura infantil del primer amor que se sabe imposible pero, de todos modos, se sueña y se alberga esperanza vana, como en la existencia de las hadas.
No había lugar para hadas ni sueños en aquella tierra caliente y muerta, sin embargo, ambos niños no lo sabían aún.
Susan, de todos modos, jamás había reparado en tal devoción por parte del chico, sino que caminó a paso ligero, conteniendo un ligero trote de nerviosismo tras el tiempo de estaticidad, hasta Morgan.
Retorcía sus deditos redondeados y suaves de manera infantil y tortuosa entre sus manos, a su espalda, balanceándose atrás y adelante, incapaz de mantenerse de nuevo quieta, bajo la protección y tranquilidad de la sonrisa del muchacho, que se inclinaba hacia ella, con aire confidente, sujetando el sombrero contra su pecho, como en un juramento secreto entre ambos.
-Te has aburrido ¿eh?
La niña en principio le miró llena de horror, temiendo que el peso de la blasfemia, de la ira divina, cayese de un momento a otro sobre ellos. En cambio, no pasó nada, los murmullos de los feligreses, de la gente del pueblo, los movimientos ensayados y lentos y los saludos de protocolo seguían alrededor de ambos, acompañados del incienso y el calor, sin que nada indicase lo contrario en una proximidad cercana. Morgan le seguía sonriendo cautivadoramente con sus blanquísimos dientes, cosa extraña en la gente del lugar, incluso de su posición, y sus caninos marcados, que le daban cierto atractivo salvaje.
Susan al fin le devolvió la sonrisa, comprendiendo ella a su vez, como lo sabía y se repetía como un eco en la mente de Nathan Brightman, que había desarrollado ese amor inocente e incondicional por el joven amigo de su padre. Sintiéndose su confidente, su amiga, algo querido para él, asintió, lanzando una musical risa, tapándose la boca con la mano para disimularla, con la sombra de su padre aún rondando por su mente.
-Apuesto a que mis historias te parecen mucho más interesante que las de McMilan.
-¿Esta noche volverás a contarme más historias de tu tierra?
Preguntó la niña, alegre, llevándose las manos al pecho.
Tras ella, su padre le lanzaba un breve vistazo de reprobación, distraído, y Ted hablaba en voz baja con su hijo mientras le frotaba el pelo rubio con sus ásperas manos de trabajador humilde, consciente de las cuitas del muchacho, su joven rapaz de doce años que observaba a la hija de su jefe con una devoción que poco tenía que ver con los rangos y más con el corazón.
Ahora su vista se clavaba en Morgan con virulentos celos, inofensivos, pero potentes e insufribles con esa edad y esa desmesura emocional, cuando en la juventud todo tiene una inabarcable medida y no existen los puntos medios. Cuando se es capaz de dar la vida por un amigo o un amor distante sin pensar en uno mismo más que un segundo, cuando la muerte es un fantasma lejano incapaz de rozarles, ignorantes de que esa noche descendería hasta el lado de ambos.
-Como todos los domingos, chiquilla ¿Cuándo te he fallado yo?
-Nunca. Me lo prometiste.
Morgan se trazó una cruz sobre el corazón con la mano del sombrero, guiñándole un ojo. El día de la muerte de Emmeline había dicho cosas que le habían colocado en el pedestal en el que la niña lo situaba. En ese instante, el saber que siempre iba a formar parte de su vida con tal certidumbre era un cuento que necesitaba para esquivar con una sonrisa la frialdad de Edgar, aunque las noches fueran largas y llenas de temores y miedos a los que nadie combatía por ella.
- Con mucho gusto el servir así a una dama de su alcurnia.
Le cogió la mano e interpretó su teatrillo favorito de caballero con demasiado acento del Norte, como el que tenía al llegar allí.
-Morgan, deberíamos irnos. Tenemos asuntos que tratar antes de la visita a la mansión Walters esta noche, con permiso.
Interrumpió Jake Winston, llegando ante ellos, lanzando una mirada intimidatoria a la niña, que la hizo retroceder, junto a una significativa a Morgan, que asintió en silencio, cambiando su expresión de simpatía por una de severidad. Había algo en sus ojos que hizo retroceder a Susan con el mismo temor con el que se había echado atrás al percibir a Jake acercarse.
-Susan, ven aquí. Nos vamos.
Su padre le tendió la mano con violencia, no como si fuese un ofrecimiento, sino como quien tiende a un perro la correa, esperando a que venga mansamente para colocársela, pues es a lo que está acostumbrado y no quiere averiguar qué pasaría de no hacerlo, pues de seguro es algo malo.
La niña obedeció en silencio, lanzando una mirada suplicante a Morgan, que tras devolvérsela, habló con Edgar en contestación.
-Esta noche como siempre pasaré para hacer balance. Este mes ha sido productivo, los Butler están en pleno apogeo en el Norte y eso nos beneficia. Puede que hasta debamos aumentar la cuota…
-Este no es el lugar, Morgan…
Replicó secamente Edgar Walters, haciendo al chico, por un instante, translucir una leve molestia que reprimió al instante.
-Por supuesto. Lo siento. Hasta la noche, pues.
Hizo una leve reverencia, sonriendo a la niña en cuanto el padre se giró. Tras él, Mariah, su mujer, no quitaba ojo a Edgar con ansiedad, con una tristeza desgarradora para una joven esposa como ella era.
Si Susan no sentía especial envidia de la posición tan cercana de ella a Cleremont era por esa mirada. Sabía bien que tanto Mariah como Morgan eran independientes del afecto del otro. Muy probablemente, sabía que su esposa era la amante de su amigo, y no le importaba, era un mal menor al haberse casado con ella por la posición. Pero a ese nivel, ya Susan no llegaba. No sabía que había en su mente, no sabía nada de sus ambiciones ni de él más que lo que le había contado, mentira o no.
Era feliz allí o eso quería creer, algo empañada por su madre y su padre, una muerta y el otro, bueno, el otro “casi”…

La mansión Walters siempre había sido y sería la casa más lujosa construida en Old Glory, en las afueras, rodeada de la sequedad del desierto, pero de una hermosura blanca que éste no conseguía apagar a pesar del viento, la arena y el calor con que la golpeaba. La pintura blanca se renovaba cada año, la madera se protegía a conciencia y las tejas eran reparadas a menudo por los criados que no paraban de trotar de un lado a otro de la casona. Las luces de ésta en la noche eran como mágicas luciérnagas atrapadas en el interior de una deslumbrante jaula blanca en las puertas del desierto y si magnificencia nocturna y azulada.
Los suelos de madera encerados y brillantes conducían por los largos pasillos del interior a las numerosas habitaciones. Las escaleras ascendían hasta los dos pisos superiores, en el más alto, donde estaba la habitación y el estudio de Edgar, mientras que en el inferior, la de Susan.
Allí estaba, esperando en la penumbra de su habitación, quieta, mirando somnolienta a su libro de ilustraciones, de cuentos antiguos y olvidados por todos.
Le gustaban las historias, la llevaban todo lo lejos que creía que podría, viviendo en Old Glory, que estaba en medio del desierto, de la nada, rodeado por un inmenso mar de arena mortal. Era como si el resto del mundo no existiese para ella, ni para nadie allí, a excepción de Cleremont y los viajeros, claro.
Ella los llamaba viajeros, porque una vez había utilizado la palabra que había usado su padre para definirlos cuando creía que no le escuchaba y le abofeteó tan fuerte que las lágrimas habían tardado un segundo siquiera en asomarse a sus ojos azules y correr por su mejilla enrojecida.
Los había llamado contrabandistas.
Había otras ciudades a la hora de atravesar el desierto, claro, pero ninguna de ellas con un sistema jurídico tan relajado como el de Old Glory, ni tan corrupto. Por eso, tanto su padre como el resto del pueblo se estaban enriqueciendo a costa de prestarles un poco de apoyo a los contrabandistas de droga y alcohol a la hora de tomarse un descanso, dejar mercancía por un tiempo en almacenes o de ayudar a esquivar las amenazas.
Era una de las muchas cosas que la niña sólo podía intuir, sin caer del todo en la verdad que envolvía. Había algo de secretismo al respecto, algo de relajación con los forasteros, algo que era prohibido mencionar en un día como aquel, ante los “ojos de Dios”.
Quizás si los sucesos se hubiesen desarrollado de otra manera, hubiese llegado el día en que Susan hubiese podido entenderlo e incluso, formar parte de aquella pequeña falsa, aquel teatrillo que todos representaba, pretendiendo ser una buena nueva cristiana en esa tierra muerta, luchando por sobrevivir en la muerte que representaba por sí solo el desierto a través del pecado contra el que se suponía, negaban.
Pero los hechos, los cruces de ambiciones y deseos la alcanzaron justo en el centro de todo cuanto se cocía y nunca llegaría a entender como lo hacía su padre, Mariah, Jake o el mismo Morgan, el por qué obraban así.

Al otro lado de la pared de su cuarto, el joven Nathan aguardaba, quieto, apoyado contra el muro, sintiendo el frío empapelado contra la palma de sus manos. Las temperaturas en Old Glory bajaban alarmantemente por la noche.
Suspiraba, imaginando como era el interior de la habitación de la niña, cómo era el estar con ella y sentir como cada palabra suya calaba en su ánimo, tal como hacía Morgan cada domingo por la noche, y pensar en él le ponía enfermo.
Aún no había llegado, y no subiría hasta dentro de al menos media hora, puntual y preciso como los engranajes de un sutil reloj de bolsillo, tremendamente exacto, igual de frío en el procedimiento.
Escurrió el mugriento trapo en el cubo lleno de jabonosa y turbia agua oscura con gesto resignado e hirientemente burlón, reparando en el contraste que ofrecía tanto con Morgan como con Susan. Allí, arrodillado, frotando con fuerza las tablas del suelo, preparándose para encerarlas envuelto en la gastada pero limpia camisa de siempre.
Aquellas punzadas de realismo adulto le desolaban ¡Cuán más feliz era imaginando de manera totalmente ilógica que algún día alcanzaría a Susan! Que podría mirarla a la cara sin tener que estipular después una disculpa por el atrevimiento, sin saber que en cualquier momento, ella apartaría su mirada azul y distante de él con disgusto.
Como todos los amores infantiles, su dolor por aquello era tan fuerte como sin fundamento alguno. Algo que brota en terreno adverso alimentándose de la desesperación, pero con una insistencia apabullante que pocos volvían a vivir durante el resto de su vida, con mucha suerte.
Que se sufría era un hecho obvio, pero Nathan no podía saber en ese momento que, comparado con la aridez de los años venideros, aquel tenue dolor constante en el pecho le hacía sentirse más vivo de lo que pensaba, más sensible a lo que le rodeaba, algo menos muerto en aquel purgatorio en mitad de la nada en que se había convertido el pueblo para todos ellos. Vivían para mantenerlo, a la vez que éste los mantenía a ellos, sin nada más que eso, y una terrible vacuidad abrasadora como el sol que pendía sobre sus cabezas.
Comparado con esto, su preocupación en vano por Susan, ya era una ligera novedad al respecto, similar a la variante más oscura, desesperante y profunda a la que sucumbía Edgar Walters.
Pegó el oído contra el papel pintado color oro viejo y plagado de delicadas rosas pálidas abriendo lánguidos sus pétalos a las lámparas de gar que iluminaban tenuemente el corredor de madera cerrado. Sentía el olor a jabón en sus manos y había llegado a atribuirlo a la muchacha, pues siempre que apoyaba su cabeza rubia contra la pared y cerraba los ojos, esperando escuchar al menos su suave respiración a través del delgado tabique, imaginaba que estaba junto a ella, cerca, invisible, y casi podía rozarla, casi podía sentir el aroma de su pelo, de la pálida piel abrigada por los vestidos de seda que su padre hacía traer para ella.
Comenzó de nuevo la canción que le había enseñado su madre a entonar antes de que se marchase del pueblo en unas de las carretas de comercio. No es que cantase especialmente bien, ni que la tonadilla fuese especialmente adecuada para aquel momento, sólo era algo que compartir con ellas, sin miedo al rechazo, de una manera tan discreta y confidencial que ni siquiera le obligaba a dejar a la luz su rostro y escondía su pasión tras un muro.
Fue deslizándose hacia el suelo y cogió el trapo, sin dejar de agudizar el oído por encima de su canción, tratando de escuchar el más mínimo movimiento, la más leve señal. Empapó el trapo y siguió frotando acompasadamente, procurando no perder el ritmo ni olvidar la letra, cosa que a menudo solía pasarle. Si alguien le veía en el pasillo, no sospecharía más que cantaba al fregar el suelo para amenizar la tarea, sin indagar más ni saber que lo hacía siempre en esa parte de la casa, a esa hora y ese día simplemente porque sabía que, al otro lado, Susan estaba escuchándole y podía volcar su infantil secreto sin temor. Podía decir a través de la letra de la vieja melodía cosas que no le estaban permitidas siquiera pensar.
Imaginaba a la chica levantarse de la cama donde había estado leyendo, como en efecto, estaba haciendo en ese preciso instante, y deslizar por el suelo de madera oscura encerada de su cuarto sus pies pequeños y fríos, apartando la casa de muñecas que había apoyada contra la pared, sin importarle que los pequeños muebles de madera se desparramasen por el resto de minúsculas habitaciones, apartándose los revueltos y largos tirabuzones negros de la cara. Resopló para despejar también su frente de los cortos mechones del flequillo, apoyando la oreja contra la pared, sonriendo. Allí estaba otra vez aquella vez.
Se recostó contra la pared, con la vista clavada en el techo, cubriéndose con cuidado las piernas con el camisón blanco, tratando de entender qué decía exactamente la letra. Algún día, cuando estuviese segura de haberla memorizado correctamente, cantaría a aquel extraño al otro lado de la pared, para indicarle que le escuchaba y, como quería Nathan por su parte, que había alguien allí cantando solamente para él. En cierto modo, parecía que compartían una extraña conexión en ese sentido.
Los dos querían que el otro supiese de su existencia, sin saber que ya de alguna manera, su anhelo se había realizado, pues Nathan cantaba para la niña y ella quería corresponderle del mismo modo, aún sin entender quien era o que quería, como su fuese lo más parecido a un amigo que tenía, después de Morgan.
En el fondo, pensaba que solamente sería una de las criadas, por la voz infantil y aguda que aún tenía el chico, de apenas doce años, que al trabajar, amenizaba sus horas de tedio con alguna cancioncilla popular. Siempre era la misma, y algo en la voz que pasaba a través del muro le indicaba una melancolía arraigada, como si pronosticase una pronta separación, que ella no entendía y que a veces, la hacía reflexionar sobre algo más allí. Se riñó a sí misma, encogiéndose con mohín molesto. Ese tipo de majaderías no ocurrían más que en los cuentos de Morgan, y a veces, en las enseñanzas de McMilan. Pensó, hundiendo las manos entre su pelo ébano para recogerlo con un lazo blanco, en lo que se enfadaría su padre si escuchase lo que acababa de decir.
Más de una vez había hablado de ello con Cleremont, que era el único en Old Glory que manifestaba ante ella tan abiertamente su incredulidad por lo que contaba la biblia de McMilan. Había algo en él demasiado distinto al del resto de habitantes del pueblo que la hacía sentirse naturalmente fascinada por él. Enterró el rostro entre sus brazos para ahogar una estúpida e infantil sonrisa de victoria al pensar que ni siquiera a Mariah le hablaba con esa libertad con la que lo hacía al referirse a ella.
Este pensamiento, ligeramente adulto y mezquino, la hizo recapacitar y desviarse de tema respecto a sus reflexiones, avergonzada.
Puso la mejilla contra la pared. Nathan estaba apoyando la mano también contra su lado del muro, suspirando.
Eran tantas las cosas que deseaba, tantas las personas que Susan querría que fueran las propietarias de esa voz.
Un amigo que nunca había tenido de pleno derecho, alguien como ella, de su edad, una madre perdida hacía tiempo que con la muerte no había hecho más que traerle soledad… incluso un padre ausente.
Se aferraba a la cara que pondría a esa voz, si le dejaban soñar con la oportunidad de ello.
De pronto, Nathan paró en seco, escuchando el sonido de la puerta de entrada al cerrase con fuerza. Morgan acababa de llegar hasta allí y no tardaría en subir, como siempre, a ver a Susan. Su voz se interrumpió y se apresuró, con un nerviosismo culpable, a recoger todos sus bártulos de limpieza, casi tropezando por la inquietud que le provocaba la proximidad de Cleremont. Su padre le había ordenado con severidad no acercarse nunca a él a menos que Edgar lo requiriese así, de modo que cogió el cubo por el asa, arrojando el trapo dentro, con desasosiego, contemplando la pared, sobre la que la lámpara arrojaba una alargada sombra translúcida.
Sentía las palabras atravesarse en su garganta, ahogándolo, pero no articuló un sonido, sólo se dio media vuelta y descendió por las escaleras que daban al área de servicio para no tener que toparse con Morgan ni con el Señor Walters.
A su espalda, antes de perder de vista por completo en su descenso, sintió los pasos y la presencia de este. No pudo evitar que la curiosidad, impulsada puede que por la rabia, la hiciese volverse sobre sus talones para verle, parado frente al corredor que daba a la entrada de la habitación de la niña. Le estaba devolviendo la mirada, sonriéndole con condescendencia, como si supiese exactamente la índole de sus problemas. Y le divirtiese.
El niño dejó patente en su mirada toda la rabia que sentía, sin el menor pudor por ocultarla, pero en el último instante, una punzada de sensatez y miedo le empujó a bajar la cabeza y avanzar escaleras abajo, que era el lugar donde debía estar en principio. Nada iba a sacar de aquello, ni ahora, ni nunca. Y herido definitivamente por su propia sensatez, decidió que efectivamente, lo mejor era volverse y descender a la cocina, para ayuda r a su padre y el resto del servicio a limpiar los platos y las ollas de la cena.
Morgan, como si se encontrase satisfecho por la reacción del muchacho, tomó también su camino al verle huir, sabiéndose Nathan derrotado.
Caminó por el corredor, con la cabeza alta, con el deje de su sonrisa aún en los labios, de esa mueca de vencedor. Aún así, ya no pensaba más en el crío andrajoso de las escaleras, sino en algo distinto que había estado consumiendo su ingenio durante años.
Algo en su alma escarbaba esa noche, haciendo mella en su ánimo, que se mostraba más inestable que de costumbre. Abrió la puerta de caoba del cuarto de la niña con cuidado y sintió como el fresco de la noche desértica entraba por entre la ventana abierta, filtrándose a través de los ojales de la cortina de punto blanco, penetrando en cada fibra de él, sintiéndose aún más embriagado de aquella fresca noche y del poder que desprendía.
La chica dio un respingo, poniéndose inmediatamente en pie para recibirle.
-Deberías cerrar la ventana, sólo con ese camisón vas a coger un buen resfriado ¿No querrás ponerte enferma, verdad?
Y Cleremont supo exactamente que resorte había apretado en la mente de la niña con aquellas palabras nada más ver desaparecer la sonrisa de la redondez de su rostro y lo rosado de sus mejillas.
Enfermedad y muerte iban de la mano en aquella casa últimamente, y la imagen de su madre agonizando no había desaparecido de entre los recovecos y entresijos de su mente.
¿Cómo no pensar en la buena de Emmeline escupiendo sangre al mencionarlo, arropada entre sábanas impregnadas del olor del sudor y la próxima expiración?
Aún así, algo en Morgan Cleremont le hizo revolverse en si interior y acercarse para tranquilizarla, tras cerrar la ventana.
Le aferró la mano con fuerza, como si no tuviese otra cosa a la que agarrarse, sintiéndose necesitado, vital para la muchacha. Era también consciente del comportamiento frío de Edgar respecto a ella, y había indagado un tanto en ello, llegando a conclusiones diversas y especulaciones que no se quedaban más en eso. Vanas hipótesis. A veces no comprendía a los demás, tan pronto como de repente, las cavilaciones de todos se le presentaban de una forma límpida y transparente. Carecía de una empatía aguda, por lo que deducía las reacciones por lógica, y a veces, como en aquel caso, erraba el tiro por ser incapaz de sentir lo mismo, aunque fuese en parte, que Edgar por su familia.
Devolvió el apretón de manos a la niña.
-Tranquila… no te pasará nada.
Y antes de que pudiese recapacitar acerca de sus palabras y morderse la lengua, la chica ya estaba mirándole fijamente a los ojos. Nunca nadie puede decir nada como aquello que acababa de pronunciar. Especialmente él.
-Gracias.
Pronunció, con la boca aún pastosa y las lágrimas asomando a los ojos de ese azul profundo de Susan.
-Bueno, dime qué quieres que lea esta noche.
-¿Tienes prisa por hablar algo en especial con mi padre?
Preguntó la niña, corriendo a saltar sobre la cama, cogiendo el libro al tiempo que rebotaba sobre el colchón, juntos a unos cuantos almohadones de plumas cayendo al suelo.
Morgan sonrió de nuevo, dejando vagar la mente en cuanto a lo planeado.
-Algo así, podría decirse.


Nathan llegó a la cocina, propinando un puntapié a la puerta al abrirla y esperando la reprimenda de su padre por tal comportamiento. No hubo reprimenda alguna. El balde golpeó contra el suelo, derramando el agua sucia por el suelo de la cocina, metiéndose, como en pequeñas acequias, por los surcos entre las baldosas. El pulso del muchacho se disparó.
-No muevas ni un músculo, amiguito, o tendrás que recoger los sesos de tu padre de las paredes.
Jake Winston sujetaba la cabeza de su padre contra su revólver, pegando el frío metal contra el cuero cabelludo de Ted Brightman.
Nathan le miró, aterrorizado, sin saber qué hacer, y sintiendo las náuseas y las ganas de gritar luchando por salir, ambas con consecuencias nada buenas en su situación.
-No grites. Si haces ruido, lo vas a pagar.
Sabía que era cierto. Escupía las palabras con la misma rudeza y desprecio con la que sujetaba el arma, amenazando al vida de su padre y, tras de él, algunas criadas más, arrebujadas contra la pared, acorraladas por unos cuantos hombres que al muchacho le sonaban de haber visto por el pueblo y en la misa. No recordaba con exactitud los nombres de todos, solo de un par. Puede que Scott, o Albany… Dios sabía que nunca había demostrado demasiado interés, al igual que su padre, por aquellos a los que sabía que su moralidad no podía aprobar.
El muchacho le miró, suplicante, sumiso, tras echar una ojeada al rostro desesperado de su padre. Quizás si hubiese visto otro sentimiento, se hubiese sentido de otro modo, hubiese actuado más reticente y esperando un momento para escurrirse…sin embargo, Ted Brightman era ya viejo, y aunque leal en la medida posible, no era héroe, ni mucho menos temerario. No moriría por Edgar ni quería que su hijo hiciese lo propio. Los años y los golpes enseñaban que, al fin y al cabo, la lealtad no hace más que empequeñecerse frente al instinto de supervivencia, y es mejor ser un cobarde vivo que un valiente con la cabeza llena de plomo.
-Ahora ven acá, junto a ellas, despacio y sin tonterías ¿Entendiste?
Nathan asintió lentamente, sintiendo como la garganta le ardía, un nudo se le estaba formando y le abrasaba el cosquilleo previo al llanto.
No sólo era por el miedo, y aunque el estar totalmente aterrado le avergonzaba, hubiese deseado que sí que fuese únicamente eso. No podía más que pensar en que, no haciendo nada, no sólo estaba traicionando a Edgar. También a Susan, que pronto descubriría con sorpresa la desagradable velada que Morgan Cleremont había tramado para su padre…
Caminó todo lo despacio que pudo, sacudido por los temblores, hasta que Jake le golpeó en la espalda con la culata del revólver para desfogar toda la impaciencia que sentía, arrojándole al suelo de rodillas, causando un coro de gritos ahogados por parte de las empleadas de los Walters.
-Os he dicho que os calléis, maldita sea…
Siseó en el tono más bajo que pudo, y realmente recordaba a una serpiente al echar hacia atrás la cabeza, cuando se sabe que estás a punto de recibir su rabiosa ponzoña en unos segundos.
Nathan tosió, tratando de recuperar el aliento y poniéndose en pie sin la menor queja, ahora sí, apresurándose, como si esperase un nuevo golpe, a arrebujarse contra Mary, una de las criadas más viejas, entre cuyos brazos extendidos encontró algo de seguridad casi maternal, instintiva hacia un niño como lo era aún él.
Y de la misma manera, casi inconsciente, el niño trató al principio de consolarse con la presencia de ella para después, aún más turbado por la mezcla del recuerdo de su madre y el súbito reproche de su conciencia de que era ya casi un hombre, separarse un poco, con una brusquedad que por un momento, inquietó a Jake, en guardia y analizando el menor movimiento que hacían.
Ahora él no tenía más que esperar a que Morgan bajase al salón, donde Edgar le esperaba. Él había sido más entusiasta de matarle acribillándolo a balazos a través de los ventanales del salón mientas aguardaba la llegada de su cómplice. Sin embargo, Morgan había rehusado aceptar su idea, pues no quería levantar más ampollas de las necesarias, que ya eran bastantes. La muerte de un cacique era polémica de por sí, pero si acribillaban a los miembros del servicio por el camino y atraían la atención de los hombres que aún quedaban fieles a los Walters hacia sí aquella noche, salían del pueblo armados en respuesta a una señal tan clara de violencia, ya no tenían la victoria asegurada. En cambio, si sacaban a Edgar de allí rápido, por la mañana, con su líder desaparecido y la violencia aparentemente ya tan lejana, una respuesta sería tardía y de algún modo, suicida para los que se rebelasen.
Comprendía, después de todo, la mente de Morgan, y su necesidad de calcular el factor de terceros en aquello, pero, maldita sea, todo hubiese sido infinitamente más sencillo a su manera, y en ese momento, no se vería de niñera de un puñado de viejas, el crío y el barman, esperando. Y Jake Winston realmente odiaba esperar a órdenes de los demás.
Ted miró a su hijo, sin dejar de estar bajo la amenaza constante del mortal y oscuro cañón del revólver, como si en sus ojos ahora hubiese disculpa por aquello, por no saber llevar de otra manera la situación en la que se veían. En el fondo, se sentía tan humillado y tan insignificante como él. Pero ya se sabía que al fin y al cabo, el mantenerse vivo acaba pesando más que el resto. En ese momento se dio cuenta, arruinando de alguna forma, parte de su concepción del mundo aún infantil, de lo viejo que parecía Ted, de lo viejo que en realidad era, aunque no hubiese sabido verlo hasta entonces. La manera en que las curvas sobre su frente, las arrugas, se plegaban sobre sus ojos, marcándolos con un gesto perenne de tristeza siempre había estado.
-Sería mejor que comenzásemos a sacarlos de aquí, Jake… esto no va a ser fácil y no necesitamos más impedimentos. Mucho menos a una panda de criados rondando si se produce el tiroteo.
Sugirió Albany, señalando a una de las criadas con la pistola, que lloraba quedamente.
El alguacil de Old Glory se pasó las manos por los labios resecos, cubriéndose nerviosamente el ojo derecho, como un tic nervioso, una vieja costumbre que no olvidaría por el resto de su vida. La mirada fría y azul de su ojo muerto quedó descubierta unos instantes, fija en Ted Brightman.
Aunque no era especialmente simpatizante con Albany, y las sugerencias por lo general las tomaba a mal, reconoció que el hombre estaba en lo cierto, con acritud.
-Sácalos, tú y Simon podréis con ellos. No son más que un puñado de mujeres, el crío y éste cobarde. Yo me quedo aquí a esperar a Morgan.
Nathan dio un respingo. No sólo por la mención de Morgan, sino por cómo había llamado a su padre, plasmando parte de lo que pensaba.
¿En qué consistía la valentía, al fin y al cabo?
La lógica le gritaba que no debía moverse, que si cerraba los ojos y obedecía, todo iría bien, al menos para él. Y eso era lo que le preocupaba.
Vio como uno a uno, iban sacando de allí a los miembros del servicio, su padre entre los primeros, intentando indicarle que un movimiento de cabeza que le siguiese, que se colocase junto a él en la fila.
El niño le devolvió una fría mirada de desprecio, rezagándose aún más, tras Mary.
Observó con fría determinación la puerta tras él, sintiendo como su respiración pugnaba por tornarse un jadeo nervioso y su pulso se aceleraba con sólo elaborar aquella descabellada idea.
Simon y Albany estaban fuera, recibiendo a los que salían, ocupándose de que no fuesen a ningún sitio ni de que su presencia pudiese alertar a nadie, cuidándolos de ojos indiscretos. Aún habiéndose asegurado de que no había noche más relajada que esa en la vigilancia y que los pocos hombres que hubiesen podido defenderla, dándoles a entender lo que se cernía sobre Edgar, habían preferido quedarse esa noche con sus familias, deseando olvidar el detalle de su traición ¿Quién no lo hubiese hecho en su lugar? Eran jóvenes y tenían una familia a la que mantener, no podían luchar por causas perdidas…
Jake se había quedado dentro, protegiendo la retaguardia, evitando, en teoría, lo que estaba a punto de suceder, confiado plenamente en que su intimidación había surtido efecto, sin contar con que a veces, los niños tienen mucho más presente el honor de las causas perdidas que sus mayores, aplastados bajo el peso de la experiencia que les demostraba que raras veces acababa bien.
-Vamos, vamos, diablos, no sé como mierda aún nadie ha podido cogernos.
Mascullaba Jake, con su feroz aliento a tabaco y no menos violento tono, metiendo prisa a Mary, que temblaba perceptiblemente, aún más perturbada por las amenazantes palabras de éste, con la mano tendida a Nathan, que se la apretaba, aún poniendo cierta distancia. Sabía, o al menos creía advertir que el alguacil no quería que Edgar supiese aún qué se cocía allí atrás. No podía disparar y advertirle.
Cuando éste iba a soltar un nuevo improperio, manifestando su poca paciencia al respecto y su inseguridad en aquella situación, Nathan soltó a Mary con toda la rapidez que pudo y se impulsó, con el corazón en la garganta, con cada latido zumbándole en los oídos, desbocado, hacia la puerta.
Percibió como las manos de Jake, por puro reflejo, casi se cerraban en torno al cuello de su camisa, finalmente únicamente rozando sus cabellos rubios, cerrándose sobre el vacío.
La leve victoria de burlar a su captor explotó en su pecho como una descarga de adrenalina, impulsando aún más sus pies hacia la puerta que había tenido la suerte de dejar entornada. De un manotazo la abrió de par en par, viendo su vía de escape limpia.
Tenía que avisar a Susan.
Jake, a su vez, invadido por una furia y una frustración acuciantes apuntó al muchacho a la cabeza, sólo para recordar, justo antes de apretar el gatillo, que no podía disparar allí adentro. No, al menos, hasta que Morgan hubiese inspeccionado un poco la casa con el pretexto de ver a la cría y cogiese a Edgar desprevenido. Y aún así, si el chiquillo se escapaba y llamaba la atención ¿De qué mierda le serviría?
Haciendo alarde de toda la contención que podía tener, esos segundos de vacilación respecto a matar o no a Nathan, hicieron que el niño desapareciese por la puerta a todo correr. Ese maldito mocoso hijo de puta, pensó Jake, sin guardar siquiera el revólver, lanzándose a la carrera tras él.

Nunca hasta ese momento la casa le había parecido tan grande al muchacho, parecía que el corredor de madre se prolongaba varios metros más de los que tenía, mientras se sabía acuciado por la presencia y los retumbantes pasos de Jake Winston tras él. Trataba de gritar, pero todo su aliento, todas sus fuerzas estaban puestas en correr, en escapar de aquella pesadilla que era el alguacil. No le iba a disparar, claro, pero no es que necesitase el revólver ni ninguna detonación que pudiese alarmar a Edgar para acabar con él. Sólo tenía doce años, partir su frágil cuello no sería un esfuerzo desmedido para él.
-¡Susan!
Aulló, llegando hasta las escaleras que subían a la habitación de la muchacha, asiéndose a la barandilla cobriza que conducía, como un apoyo necesario, en ese momento, pues todo el cuerpo le temblaba por la mezcla de pavor y el sentimiento de que las fuerzas le estaban abandonando tras la carrera.
-¡Susan!-Volvió a gritar, sin mucha fuerza, esa vez, avanzando a grandes zancadas con las fuerzas que le quedaban, sobreponiéndose al miedo de saber que twisted-eyed estaba justo detrás de él.
-No te conviene eso que acabas de hacer.
Morgan le sonrió desde el extremo de la escalera, tratando de parecer lo más tranquilo posible, quizás, porque pensó que así infundiría un poco de calma en Jake, equivocándose de pleno.
-¡Cógelo!
Casi vociferó, al llegar, sin percibir que estaba alzando la voz, cuando se suponía, corría tras el niño para evitar eso mismo.
Morgan desvió la mirada de Nathan al alguacil, con una ira contenida que por un momento, le hizo sentirse amenazado, hasta que se dio cuenta de que estaba dando un paso atrás y se recompuso.
Ciertamente, había algo en todo aquello, en Morgan, que no era natural. Ya no era solo que tuviese una mente retorcida y especialmente bien dotada para aquel tipo de asuntos, administrativos y estratégicos, sino algo oscuro, algo que le sonaba como un recuerdo vago de infancia, como el sabor de un fragmento de memoria por no podía ubicar.
Alargó el brazo y atrapó al muchacho, ante la actitud estática de Morgan y un ferviente deseo de tener otros asuntos que atender para no tener que volver a ver esa fría mirada en sus ojos. No le tenía miedo, eso lo sabía, pero si se mostraba conforme a como se sentía, en desacuerdo con aquel liderazgo que había tomado en el asalto, tendría que hacer algo al respecto, algo drástico, y realmente, no le apetecía matar al marido de su hermana. No quería reconocer que muy en el fondo, temía que no pudiese hacerlo.
-Morgan ¿Qué está pasando ahí?
Una mano veloz amordazó a Nathan antes de que este pudiese gritar de nuevo, al sentir, en su presa, hincharse el pecho para advertirle a pleno pulmón que se alejase.
Edgar asomó, ya receloso, al pasillo. Para su desgracia, su desconfianza no le había llevado al punto de creer que el enemigo era el propio Cleremont, y no lo pudo descubrir hasta doblar la esquina. Llevaba el revólver, pero bajado, y se encontró e bruces con Jake y Morgan apuntándole a la cabeza.
Ante la luz débil de las lámparas de gas del pasillo, Nathan observó el contraste, a pesar de su miedo y su desesperación, entre la reacción que había tenido su padre y la de Edgar Walters, aún sabiéndose muerto.
El odio y la dureza de su rostro se acentuó, con las sombras que lanzaban al azar las pálidas luces a su alrededor, cerniéndose sobre sus ojos entornados con una frialdad y un rencor que pensó, fulminaría a la sonrisa de Cleremont. No obstante, no lo hizo.
-Suelta el revólver, Edgar, no tienes nada que hacer contra nosotros dos. Morirías al instante.
No vaciló ni un momento antes de contestar. Nathan, a pesar de su situación, no pudo más que admirar el coraje de éste.
-Al menos me llevaría a uno de vosotros por el camino.
-Y el que quedase después, terminaría con Susan. Walters, aún hay cosas que no puedes remediar, puede que tu vida no te importe nada, pero ella depende de cómo actúes ahora.
Edgar no dio muestras de rendirse, y había subido el revólver, apuntando a Cleremont.
-¿Quién me dice a mí que no la mataréis de todos modos?
Morgan seguía exhibiendo su sonrisa, como si aún no hubiese jugado todas sus cartas y se guardase un as especialmente doloroso en la manga.
-Es asombroso lo que se parece a su madre. Cada día más ¿Eh? ¿Te has fijado?-Edgar tragó saliva, comenzando a aparecer sobre su frente gruesas gotas de sudor por la tensión acumulada, incapaz de contenerla, agravada por la prisión del costoso traje negro, que le asfixiaba. Era una noche fría y sin embargo, no recordaba haber sudado tanto nunca.- Claro que te has fijado, por eso no la puedes soportar… es casi ella, es Emmeline, pero con tu pelo oscuro. Imagínate lo que sería perderla de nuevo. No nos costaría nada aplastarla, y si me disparas a mí, Jake lo hará con gusto.
El niño trató de zafarse de las manos que lo mantenían cautivo sin éxito, sin darle siquiera una oportunidad de disparar a Edgar, que parecía profundamente herido por las palabras de Morgan.
-La mataréis de todos modos…
Masculló, con menos convicción esta vez, limpiándose la frente. El sudor le caía en los ojos, escociéndole.
-No necesariamente. Sabes que he pasado cierto tiempo con ella, y sería muy fácil meterla en un carro de comercio que la llevase lejos de aquí para siempre. Tienes amigos en la capital que la acogerían. Siempre y cuando te rindas de buenas maneras… de lo contrario, acabará con Emmeline.
La sola mención del nombre de su esposa hacía que se convulsionase en su interior, dejándolo traslucir a través de su mirada, cada vez más perdida. Sabía que iba a pasarle, y aún los recuerdos eran demasiado punzantes para ignorarlos, y un viejo cariño que había sentido por su hija y había sido engullido por el dolor de una manera cruel y salvaje.
-Maldito bastardo… está bien.
Tiró el revólver a los pies de Cleremont, con impotencia, dándose por vencido a su destino, y sin embargo, recobrando lentamente aquella mirada de tigre malherido.
-Muy bien, no le haré nada a la niña, pero aún así, Jake, más nos valdría traerla con nosotros, por si hay…problemas.
Sugirió, agachándose para recoger el arma, un magnífico revólver magnum de calibre .44 con culatas de madera de un color entre negro y rojizo, cambiante a la iluminación del ambiente. Morgan observó, extasiado, el arma de su enemigo, que finalmente caía.
-Has prometido que la mandarás a la ciudad.
Insistió Edgar, avanzando hacia él, sin dejar de estar bajo la atenta mirada del alguacil y la persecución del cañón de su arma.
-Después de que nos aseguremos de que no das problema alguno.-Sentenció el que hasta esa noche había sido su camarada, su compañero de oficio. Parecía ser que los tiempos estaban cambiando a una velocidad inesperada.-Ve a traer a la niña… y no mates al chico. No queremos víctimas innecesarias esta noche.
Jake había estado temiendo aquella petición, y se cuestiono seriamente seguirla o no, sin embargo, accedió interiormente. Había formas peores de hacerle pagar a alguien un error así.
Morgan señaló con la cabeza la dirección que debía seguir a Edgar, que con paso firme y la cabeza bien alta, aún estando con el revólver de su enemigo, que acababa de bajar las escaleras, pegado a la chaqueta negra de su traje de los domingos, puso rumbo a lo sabía, era su próximo fin.
Jake Winston le dedicó una sonrisa socarrona al pasar por su lado, esperando a que ambos saliesen para volver a ponerse en marcha según lo planeado.
Y aunque a él le parecía lo mismo matarles allí que en el Ojo del cuervo, no así a Morgan. No hacía una semana que habían tenido la discusión, al igual que con las víctimas de un posible fuego cruzado.
-No es en absoluto lo mismo- Había defendido, con vehemencia, el marido de su hermana- Claro que todo el pueblo sabrá que hemos sido nosotros, que está muerto, pero no es en absoluto igual que haya un cuerpo ensangrentado en su casa, huellas por todas partes y un morboso espectáculo en el que indagar. Es como decir “Han sido ellos, y si lo ignoráis, algo malo, alguien ahí arriba lo sabrá, sabrá que teníais delante vuestro deber y no lo emprendisteis”, por lo tanto, acabarán actuando. Si simplemente desaparece esta noche, no deja rastro y el resto de nosotros actúa como si no supiese nada, aunque en efecto, todo Old Glory tenga la certeza de que lo hicimos, preferirán otorgar el beneficio de una falsa duda, el placer, el alivio de concederse el pensar “Quizás sí que fue eso lo que sucedió” y mirar a otro lado. Esa es la naturaleza humana ante un peligro que no acecha a ellos, sino al prójimo.
Sabía que todo cuanto había dicho Cleremont era cierto, pero hubiese sido de lejos mucho más sencillo acabar con todos allí, en ese justo instante. De todos modos, ya había accedido a actuar según sus reglas, y aunque estuviese dispuesto a cuestionarlas después si se prolongaba mucho su molesta y extraña forma de desarrollar tales asuntos, en principio, acataría aquella noche con lo que había prometido.
-Muy bien, pequeño cabroncete, ahora estamos tú y yo solos, y puede que no vaya a matarte hoy, pero un día de estos vas a lamentar haber nacido siquiera en el mismo plano de existencia que yo. De eso puedes estar seguro.
Nathan trató de mirarle a los ojos, pero no podía mover la cabeza, intentando mascullar algo bajo el peso de la grasienta mano del alguacil, ahogando todo sonido.
Iba a dar una nueva sacudida para librarse cuando le destapó la boca. Confuso en ese instante, sin saber ni siquiera qué o a quién gritar por auxilio, no pudo prever que las manos de Jake volvían a caer ambas sobre su cabeza, golpeándolo contra la pared de una forma tan brutal que perdió el conocimiento al instante. Nunca había disfrutado tanto de golpear así a un crío, pero a aquel realmente lo odiaba.
Le miró, tendido boca abajo en el suelo de madera, y por un momento, pensó que le había matado. Sin embargo, vio como su pecho subía en un brusco movimiento y sonrió. No, aquel pequeño cabrón seguía vivo después de todo. Tanto mejor para él, a la larga.
Comenzó a subir los escalones, sin preocuparse más por Nathan, ahora era otra mocosa la que le preocupaba. Como un fibroso y enloquecido hombre del saco, o al menos, sintiéndose como tal, avanzó por el pasillo, oyendo sus pasos en la madera encerada, resonando en la casa vacía. Probablemente, el ruido la habría despertado, pero no se había atrevido a bajar.
Asió el pomo de la puerta, girándolo muy lentamente, dejando que solo una fina franja de luz entrase en la habitación. Se paró, aguardando.
La niña se revolvió en la cama, incorporándose al instante. Su vos sonaba reticente, temerosa.
-¿Papá?-Aventuró, no muy segura. Al no obtener respuesta, interpretó el silencio como una negación.- ¿Morgan? ¿Eres tú?
-No soy Morgan, no…
Al escuchar esa voz familiar, no pudo evitar soltar una exclamación de horror, llevándose después ambas manos a la boca, aterrorizada. Jake abrió la puerta del todo con un golpe seco que la hizo rebotar y destrozar un par de muñecas de porcelana colocadas en la estantería al lado de la entrada, que se quebraron por el impacto y cayeron fragmentadas al suelo.
-¿A que a mí no me esperabas?
La niña se agolpó contra el cabecero de la cama, subiéndose la colcha con estampado floral de colores apagados casi a la altura de los ojos, como si fuese a servirle de protección contra aquello que se avecinaba. Actuaba como si al mirar en el armario, realmente hubiese encontrado un monstruo allá adentro. Algo que ahora mismo se acercaba a ella sin que pudiese hacer otra cosa que gritar, tratar de apartarse y no pensar que sucedería cuando la atrapase.
Hasta que, finalmente tuvo que planteárselo, pues en efecto, la agarró del tobillo y la arrastró con una fuerza demencial para una niña de su edad, haciéndola caer y golpear el suelo.
-Bien, ahora, sí que iremos a ver a Morgan.
Le espetó, cogiéndola bruscamente por el brazo y levantándola. No era consciente de ello, pero su ojo ciego ahora estaba visible y para horror de Susan, fijo en ella…

Si el viaje en carreta hasta el Ojo del cuervo le pareció infernal, ni siquiera se temía cuanto peor iba a ir a partir de allí la noche. Sería la más larga de su vida y su sombra se proyectaría al resto de su vida.
Acurrucada en un rincón, llorando y abrazada a sus rodillas, pues nadie había pensado en atarle más que las muñecas, miraba a su padre, junto a ella, en un silencio mortal y la mirada gacha. No la había mirado aún desde que llegó allí, ni siquiera cuando intentó buscar protección en él, un gesto de consuelo. Absolutamente nada.
Y Morgan también estaba allí, lo sabía. No viajando con ellos, sino más adelante, a caballo, pero había escuchado su voz y como los demás le llamaban por su nombre.
La luna se dejaba ver por entre los cortes en la tela que cubría el carro. Trataba de centrarse en ella, pero no podía, su mente volvía una y otra vez a la noche, al frío que sentía bajo el simple camisón de seda blanco, al dolor en su brazo en el que pronto se formaría un moretón dejado por Jake al arrastrarla hasta allí, a su padre, que actuaba como si ya le hubiesen metido una bala entre las cejas, con su mirada ausente, ida. Quizás la idea de que iba a morir era demasiado para él. Era un hombre fuerte pero ¿Quién no se derrumbaba ante la muerte misma?
La luz del candil atado a uno de los extremos de la carreta se balanceaba, dejando ver sombras chinescas sobre el blanco lienzo del carro. Las lágrimas en los ojos de Susan las deformaban, convirtiéndolas en espantos, de los cuales, no sabía a quién llamar en su ayuda. Todos a los que hubiese acudido ya estaban allí, y no estaban haciendo nada en absoluto.
Cuando el vehículo se detuvo, el miedo que había mantenido una constante, se disparó. Escuchaba voces fuera, algunas las identificaba, otras aún no tenían cara. Jake y Morgan, al menos, estaban allá afuera.
Un hombre al que no conocía, al que Nathan había reconocido como Albany, el que había dirigido el carro, entró a por ella y por su padre, tirando de ambos violentamente. Esa vez, Edgar apenas ofreció resistencia, a diferencia de la niña, que comenzó a patalear y negarse. Sabía a dónde la conducían.
-No, por favor, por favor, no, no, no…
Repetía, como una letanía, mientras se retorcía, sujeta del brazo por aquella mole de hombre vestido como un simple obrero y cubierto de polvo. En otra situación, no le hubiese dirigido la palabra, temiendo que su padre la reprendiera por ello.
Se volvió a él, suplicante, con sus ojos azules llenos de lágrimas y su ojeroso y pálido rostro rodeado de una despeinada cabellera ondulada y obscura, tratando de infundirle algo de conmiseración, de misericordia.
Y aunque Albany vaciló un instante, que ella tomó con alivio, en seguida volvió a tirar, sacándola del carro.
-¡No, no!
Volvió a gritar, dejándose caer de rodillas para frenarle, solo consiguiendo caer de rodillas al suelo rocoso y polvoriento, cortándoselas.
-Vamos, niña, a ti Morgan no va a hacerte nada.
Le apremió, en voz baja, para que los demás no escuchasen sus palabras. Al fin y al cabo, no era más que una cría ¿qué tenía? ¿Nueve, diez años?
Susan sollozó, levantándose. Eso debería haber sido un alivio, y en cierta parte, lo era. Muy leve, pero así era, por muy miserable que se sintiera con eso, pues no sólo confirmaba que era Morgan quien le había hecho eso, sino que además, a su padre sí que planeaba hacerle algo…
Y allí estaba, junto a Jake. Era algo más bajo que él, de aspecto menos peligroso, desde luego, y a pesar de eso, era inevitable fijarse en su figura, en lugar de en la del alguacil de Old Glory. Algo en él esa noche, bajo la luna llena, destilaba fuerza, liderazgo innato ¿Cómo no se habían dado cuenta antes? Era obvio que acabaría pasando aquello, viéndole parado frente a su padre, ahora deshecho, débil e impotente frente a Morgan, acabado por completo. Alguna vez había rezumado el mismo respeto que ahora inspiraba Cleremont, pero se había perdido en un pasado torturadoramente próximo.
En cambio, fue Jake el que se adelantó y se puso frente a su padre, con una mueca que pretendía ser una sonrisa de victoria. Una sonrisa espantosa y mezquina.
-¿Recuerdas las veces que me has dado órdenes o tratado con superioridad? Seguro que sí…ahora todas y cada una pasean por tu mente, recordándote que debiste hacer y en cambio, preferiste ignorar… Si lo hubiese hecho, quizás ahora no estarías aquí.
El llanto de Susan estalló más sonoramente en el eco de las rocas que rodeaban al Ojo del cuervo, cabalgando por la noche silenciosa y aunque con luna, sin estrellas del desierto.
Su padre permaneció impasible, con la vista fija en el suelo.
-¿No hablas? Muy bien… siempre supimos todos que bajo toda esa fachada, siempre fuiste un miserable cobarde, Edgar. Y como un cobarde vas a morir.
Tras la última palabra, Jake le escupió en la cara, para acto seguido, comenzar a reírse, pues Edgar seguía quieto, con su mirada centrada en algún punto entre sus pies, absorto.
-¿Para esto tanto…?
Un corte limpio rasgó el aire, a toda velocidad penetró en la carne de Jake Winston y volvió a salir a la misma velocidad de vértigo, imparable.
Le llevó unos segundos de desconcierto saber que estaba ocurriendo. Su risa se apagó en brusco.
Edgar sujetaba un cuchillo en las manos. Como cacique del pueblo, uno precavido, siempre llevaba un arma escondida, anudada al tobillo por si alguien le pillaba desprevenido sin su revólver. Se las había arreglado para cortar sus ataduras en el trayecto y mantener las cuerdas sujetas con ambas manos, fingiendo estar atado, pero con la suficiente maña para mantener el cuchillo oculto y prendido en su manga, aguardando un momento así. Un error de cálculo, solo unos centímetros, un movimiento fortuito de Jake para reír, le permitían ahora seguir con vida.
-¿Qué?
Masculló, dando un traspiés hacia atrás, cayendo al polvo del camino, arrastrándose hacia atrás, con algo de patetismo, llevándose una mano a la mejilla, totalmente espantado. No podía ser. Era el lado izquierdo, el lado bueno de su cara.
-El izquierdo… la mejilla izquierda ¡La izquierda, hijo de perra!
Gritó, llevándose ambas manos ya al rostro y contemplando cómo sus palmas ahuecadas se llenaban de su sangre caliente.
¿Hasta dónde había llegado la brecha? Igual era superficial, leve y no llegaba a notarse demasiado… palpó los bordes de la herida con un gemido de dolor… más allá de los caninos… de los premolares… los bordes irregulares, retorcidos, como su propio sobrenombre, de prolongaban más de lo que creía por su cara, su lado del rostro bueno, el que mantenía a la vista de los demás, el que llamaba la atención, imponente. Estaba ahora completamente destrozado.
-Morgan, dime ¿Cómo de mal se ve? No es una herida fea, podrán arreglarlo ¿Tú crees?
Balbució, escupiendo la sangre que se le metía en la boca, impidiéndole hablar y de hecho, haciendo que muchas de sus palabras no fuesen más que borboteos.
Scott se acercó a él, arrancando un trozo de su camisa y tendiéndoselo junto a la mejilla herida, a manera de consuelo. El resto, silencio, y la fría indiferencia de Morgan, que seguía con la vista fija en Edgar.
-¡¡¡Joder!!!
Gritó, desesperado, al borde, en un gesto casi cómico, de estar en otra situación, del llanto.
-Tú mismo te lo has buscado.
Dijo Cleremont, con una tranquilidad aterradora.
-Arderás en el infierno, hijo d…
Antes de que terminase la frase, enarbolando el cuchillo, aún reluciente de sangre, y dispuesto a probar una vez más, suerte con él, Morgan sacó el arma del propio Edgar Walters y Susan pudo ver perfectamente como la parte posterior de la cabeza de su padre estallaba en sangre y masa encefálica, salpicándola, acompañado de una terrible detonación que resonó por todo el desierto.
Respiró hondo, espantada, antes de gritar a pleno pulmón. Gritar como nunca antes lo había hecho ni lo volvería a hacer nunca, al tiempo que todo lo que había creído siempre se derrumbaba, su pequeño mundo crujía y expiraba a la misma velocidad que la bala había atravesado la cabeza de Edgar.

jueves, 6 de mayo de 2010

Gatsby

Debería terminar el capítulo segundo de Old Glory a la de ya... (Y no estaría de más que le encontrase un nombre de verdad, todo hay que decirlo... es impresionante que no me intimide escribir una saga de tres libros y que en cambio, encontrar un título sea la cosa más difícil del mundo para mí...supongo que no sé resumir todas las impresiones que me causan tantos personajes, tantos lugares y tanto tiempo con ellos en unas míseras palabras).
El boceto de Susan me está mirando desde una esquina con su único ojo, culpándome... y ni siquiera le he terminado las botas... (Acabo de añadirle reflejos azules en el pelo negro, como si fuese una disculpa por no escribir mucho de ella y Nathan).
No sé si no escribo cosas serias aquí por miedo a hacerlo mal y no expresarme con claridad o por si es miedo justo a lo contrario, a que me entiendan. En teoría de la literatura el otro día hablaron de ello, del miedo a la intimidad que casi todos sentimos y en las múltiples cosas en las que nos escudamos para no dejarnos conocer ni nunca llegar a conocer a los demás.
Evidentemente, cuando lees a alguno de esos personajes con reticencias a usar métodos o comportamientos determinados que saben que les beneficiarían, todos pensamos, inequivocamente "Que idiota, sólo tiene que hacer tal y será feliz". Pues bien, en algún momento terminamos viendonos reflejados en ellos. Nunca hacemos lo que debemos, o rara vez, porque mientras que en la concepción infantil de la vida y las películas, todo es horriblemente sencillo, en el día a día, no solemos darnos cuenta de nuestras propias trabas hasta que nos damos de bruces contra ellas. Quizás puede que sí que tenga un poco de pánico a que la gente me conozca bien.
Y también puede que por eso me escude más de lo necesario en mis historias y mis personajes (no lo digo en serio, nunca se tiene demasiado de ellos, pero a veces hay que bajar en visita de rigor a la vida real y solucionar ciertos asuntos). Cuando vemos el miedo de Daisy en el gran Gatsby a decidirse, a tomar las riendas y la decisión por Gatsby o por Tom, cuando tú, en tu propia visión romántica de la historia la estás insultando e instándola a que escoja a Gatsby (SPOILER, por cierto) ella recula y se va con Tom Buchanan. Esas cosas las hacemos nosotros constantemente.
Sabemos que queremos, que nos haría felices y que no, y a veces dejamos de buscarlo por el miedo al dolor, al fracaso y, a veces, al propio triunfo ¿por qué demonios somos así?
Sabemos que podemos, físicamente al menos, sí. Y no lo hacemos, no escogemos a Gatsby, no salimos, no intentamos buscar editoriales, no hablamos con la gente que se sienta a nuestro lado en clase porque nos aterra tanto el fracaso como la victoria.
Y es una contradicción absurda.
Así que supongo que en cierto modo, no es tan raro que me escude en mis estupideces del blog y que me niegue a decir como me siento en realidad.
Sólo me incumbe a mi y quizás, a algunos de mis personajes, que reflejan con demasiada frecuencia como soy, mezclado de manera indivisible con como son ellos por derecho propio.
Algún día tengo que hablar de ellos aquí. No sé como se les puede querer tanto, pero se puede.
Y como creo que viene en El retrato de Dorian Gray, lo que un artista más teme es que en su obra, la gente sea capaz de ver su alma reflejada, desnuda, pues al escribir, mostramos más que nunca nuestra esencia.
Y tras este aburrido monólogo, me comprometo a volver a las estupideces por lo menos un par de posts más. En ese campo soy una reina sin corona y estoy orgullosa.

martes, 4 de mayo de 2010

La Cosa nostra

¡Un diario de chica, dice el tío! ¬.¬
Ahora también tienes la culpa de esta, Gonzalo, y en un diario de chica...
Pues no, ahora escribiré cosas con interesantes metáforas sobre niños retrasados en mataderos, como Rorschach de Watchmen...
Claro que yo no soy asesina de criminales enmascarada. Sin embargo podría, fíjate tú... el sombrero y la gabardina ya los tengo. Me falta la perturbación mental, pero nada que no tenga arreglo.

Eeeen fin... yo me sé de una que mañana no se va a poder levantar de la litera porque le va a doler hasta el alma. Debí de haber dejado de patinar cuando a los lados del camino se veía pastar a las ovejas...
Llevaba un año casi sin patinar y no me he dejado la cara pegada al asfalto. Aún no he perdido mi toque, parece ser... (No sé que toque, pero ya me entendéis, o me entiendo, o yo que sé...)

¡Terminé (al fin) el padrino! No sé porque tardé tanto... bueno, sí, porque It (mi adorado tochaco), la mecánica del corazón (no la leais NUNCA, advierto, es horriblemente empalagosa, la detesté hasta el final), lo de Raistlin, no-me-acuerdo-que-terminé-este-finde-pero-sé-que-algo-porque-no-sabía-que-empezar, releer la isla del tesoro y varias tonterías sueltas que no recuerdo... debería contenerme y no empezar tres libros a la vez.
Es preocupante que mi abuelo me recuerde a Vito Corleone, pero bueno, el mafioso me cae bien... tiene su toque campechano el hombre al plantar pimientos, cuidar de sus nietos, al chantajear...
En fin... sí, puede que sea un diario de chica, pero un diario de chica con bases mafiosas, que quieras que no, molan...

El cambio en la música esa porculera que suena de repente en el blog dándote un susto de muerte cada vez que lo abres (Sí, no estás sólo, a mi también me ha pasado) es culpa de dos factores. Nando me ha recordado a mis personajes de The inverted Cross (benditas historias de diecisiete años) y la canción de The haunting (Somewhere in time) y algunas de blind guardian en el mp3 (impresionante que mientras escuchas Blind Guardian, no puedas pensar más que en dragones y fantasía épica... o en el ligero parecido de tus profesores con los uruk-hai, fantasía, sí...Cada uno piensa lo que quiere ¿Vale?). El caso es que como ahora tenga que hincharme a documentación medieval porque me de la vena de empezar de nuevo con mi intento de terminarla (lo he hecho tres veces, es mi historia favorita y me niego a destrozarla) la culpa de que suspenda los exámenes es de Kamelot...
De todos modos, voy a destrozarla igual. No creo ser muy buena, así que, la pobre está condenada, pero al menos espero no meterle muchos anacronismos, aunque sea un anacronismo en sí la obra entera...
A ver que me leo yo ahora... Y si mañana en lexicología escribo un poco (Sí, entre aprender que es una aljofifa y mis personajes, perfiero escribir. Quién esté libre de pasar de clases, que tire la primera piedra...) o vienen Cris y Sheila a clase. Me siento sola xD

PD: While your lips are still red es la canción más bonita del mundo. Y a quien me lo niegue, le meto.

domingo, 2 de mayo de 2010

Ambition makes you look pretty ugly*

Tengo pánico a tener blog ahora mismo.
Porque los blogs suelen ser de gente quejándose. Mi blog es de mí quejándome. Principalmente, de Julia y de vivir con una pareja romántica en celo, pero quejándome.
Y lo que es peor, en la anterior entrada hablaba de mi vida privada...
Algo ahí arriba debería fulminarme ahora mismo... ¡Ya sabes, Doctor Manhattan, si me oyes, manifiéstate! (Esto demuestra una serie de cosas 1. Creo más en el Doctor Manhattan que en Dios (el cristiano, al menos) 2. No, no necesito el alcohol para ver la vida de una manera ilógica e incoherente 3. Escribir entradas a las 3 de la mañana es una mala idea)
El caso... sí, la gente lee esto aunque sea por curiosidad. Y me avergüenza. Porque muestra debilidad. Y yo soy dura, soy maligna, soy cruel...
Y no lo parezco.
Es como ver el diario de Don Vito Corleone y que hable de, yo que sé, los lunnis... no pega.
Hablando de El Padrino, Tom Hagen es genial (Inciso estúpido y fuera de lugar, ese consigliori irlandés es genial, quizás mi personaje favorito).
Después del padrino tengo una lista interminable de libros que liquidar.
Estoy enferma, y no solo porque tenga bibliomanía y NECESITE comprar los libros que veo a bajo precio, no. Probablemente me haga facebook solo para unirme al grupo de "Orcos fascistas que proclaman "Esto con Sauron no pasaba"". Eso es grave.

Por lo visto, a la gente le entretienen mis peleas con Julia, parece ser... pero a la vez, estoy violando su intimidad... claro que igual se compensa con la horrible visión y los traumas que me ha ocasionado de por vida verla con la mascarilla verde de Hulk esa que tiene o su novio semidesnudo... drama moral. Bah, si total, ya ves tú ... así le va compensando el karma eso de despertarme a las 3 de la mañana con que sus sims han tenido hijos...

Había varios puntos serios a tratar hoy... pero se me han olvidado...
Y mañana tengo que madrugar (¡me tengo que levantar a las 1!) para comer con mi padre, que me apetece tanto como ir al bautizo de un Gremlin...
Me siento con él tan cómoda como Hitler celebrando el Jánuca. Al menos hay canelones de la abuela para comer. Eso es ya un punto a favor... Me llevaré un tuperware.

Releyendo lo escrito, me dan ganas de volverle a pedir a Manhattan que me fulmine... pero ya no hay vuelta atrás.
Cosas más sensatas otro día. Hoy no puedo. Y esta entrada es culpa de Gonzalo, que lo sepais todos.

PD: Me acabo de acordar de que tengo la prueba de que mi poca sabiduría no es culpa solo mía... Mi madre ha conducido hoy una hora para ir al mercadona de Salobreña para acordarse, al llegar, de que hoy es el día del trabajador y estaba cerrado. La adoro. Soy yo en cuarentona.

PD2: Me encanta Nightwish con Tarja. Sí, por la puta cara.